Autor: DIFUSIÓN COLOMBIA INTELIGENTE

  • AI adoption by small and medium-sized enterprises

    AI adoption by small and medium-sized enterprises

    La adopción de inteligencia artificial por parte de las pequeñas y medianas empresas se ha convertido en un tema central dentro de las economías avanzadas. Aunque la tecnología ha avanzado rápidamente y su uso se ha expandido en grandes corporaciones, las pymes muestran un rezago considerable frente a otras herramientas digitales como la computación en la nube. Esta brecha refleja tanto limitaciones estructurales como la necesidad de políticas públicas que faciliten la integración de soluciones basadas en inteligencia artificial en sus procesos productivos. El panorama actual evidencia que, entre 2020 y 2024, el porcentaje de empresas que utilizan inteligencia artificial pasó de 5.6% a 14% en los países de la OCDE. Sin embargo, al desagregar por tamaño, las diferencias son notorias: mientras cerca del 40% de las grandes compañías emplean estas tecnologías, apenas un 11,9% de las pequeñas lo hace. Esta disparidad se observa en todos los países del G7 y se amplía cuando se analizan aplicaciones específicas como el reconocimiento de imágenes, la automatización de flujos de trabajo o el uso de robots autónomos.

    Además, la distribución sectorial muestra contrastes importantes. Las empresas de tecnologías de la información y comunicación, junto con los servicios profesionales, concentran los mayores niveles de adopción, superando el 25% en algunos casos. En cambio, sectores como construcción, transporte o alojamiento apenas alcanzan cifras cercanas al 7%. Esta heterogeneidad refleja tanto la naturaleza de las actividades como la capacidad de cada sector para invertir en innovación. El impacto potencial de la inteligencia artificial sobre la productividad es significativo. Estudios recientes estiman que los beneficios podrían traducirse en incrementos de entre 0,2 y 1,3 puntos porcentuales en el crecimiento anual de la productividad laboral en las economías del G7 durante la próxima década. La inteligencia artificial generativa, en particular, se perfila como una tecnología de propósito general con capacidad de transformar procesos en múltiples áreas, aunque su aprovechamiento pleno aún está en construcción.

    Para comprender mejor las trayectorias de adopción, se ha propuesto una taxonomía que distingue cuatro perfiles de empresas: las novatas, que utilizan herramientas básicas en tareas periféricas; las exploradoras, que desarrollan soluciones a medida; las optimizadoras, que integran múltiples aplicaciones en distintas funciones; y las campeonas, que incorporan la inteligencia artificial en su estrategia y operaciones de manera transversal. Esta clasificación permite diseñar políticas diferenciadas que respondan a las necesidades específicas de cada grupo.

    Los estudios de caso en países del G7 muestran que, pese a las ventajas, las pymes enfrentan obstáculos recurrentes. Entre ellos destacan la falta de conectividad de calidad, la escasez de insumos habilitadores como datos y capacidad de cómputo, las carencias en habilidades digitales y las restricciones financieras. Estos factores limitan la posibilidad de que las empresas exploren usos más avanzados y conviertan la inteligencia artificial en un motor de innovación.

    Los gobiernos han comenzado a implementar estrategias para atender estas limitaciones. Se observan programas de inversión en infraestructura digital, iniciativas para mejorar el acceso a datos, esquemas de financiamiento adaptados a las pymes y planes de formación de competencias. Aunque cada país adapta las medidas a sus prioridades nacionales, existe un objetivo común: lograr una difusión inclusiva y productiva de la inteligencia artificial.

    La cooperación internacional también se presenta como un elemento decisivo. La armonización de estándares técnicos, la reducción de fricciones transfronterizas y el intercambio de conocimientos pueden acelerar la adopción y generar certidumbre para las empresas. En este sentido, las recomendaciones de la OCDE y los compromisos del G7 buscan orientar a los gobiernos hacia políticas que promuevan un uso responsable y beneficioso de la inteligencia artificial en las pymes.

    En síntesis, la adopción de inteligencia artificial por parte de las pequeñas y medianas empresas representa tanto un reto como una oportunidad. El rezago frente a las grandes compañías y a otras tecnologías digitales exige intervenciones específicas que fortalezcan la conectividad, los insumos tecnológicos, las competencias laborales y el acceso a financiamiento. Al mismo tiempo, la diversidad de perfiles empresariales demandas políticas diferenciadas que acompañen a las empresas en su tránsito desde usos básicos hasta aplicaciones estratégicas. Solo mediante este enfoque integral será posible que la inteligencia artificial contribuya a una transformación productiva más amplia y equitativa en las economías del G7.

    Para leer más ingrese a:

    https://www.oecd.org/en/publications/ai-adoption-by-small-and-medium-sized-enterprises_426399c1-en.html

    https://www.oecd.org/content/dam/oecd/en/publications/reports/2025/12/ai-adoption-by-small-and-medium-sized-enterprises_9c48eae6/426399c1-en.pdf

  • Harnessing Artificial Intelligence in Social Security: Use Cases, Governance and Workforce Readiness

    Harnessing Artificial Intelligence in Social Security: Use Cases, Governance and Workforce Readiness

    La incorporación de la inteligencia artificial en los sistemas de seguridad social abre un horizonte de transformación en la manera en que los Estados gestionan beneficios, servicios y procesos administrativos. Las instituciones enfrentan cargas burocráticas, fragmentación de datos y procedimientos de elegibilidad complejos que limitan la eficiencia y reducen la confianza ciudadana. Frente a estas limitaciones, la inteligencia artificial se presenta como una herramienta capaz de automatizar tareas, mejorar la comunicación con los beneficiarios y optimizar la gestión interna, siempre que se acompañe de marcos de gobernanza sólidos y de una preparación adecuada de la fuerza laboral.

    El potencial de la inteligencia artificial se observa en experiencias concretas. En Cataluña, una plataforma en la nube permite determinar la elegibilidad para apoyos relacionados con pobreza energética mediante un análisis automatizado de datos, lo que facilita la identificación de beneficiarios y reduce errores. En Alemania, la Agencia Federal de Empleo utiliza aprendizaje automático para clasificar ofertas laborales provenientes de formatos no estructurados, acelerando la difusión de oportunidades hacia los solicitantes. En Finlandia, la institución nacional de seguridad social ha implementado un sistema que procesa millones de documentos al año, categorizándolos de manera automática y generando ahorros de tiempo, costos y recursos ambientales. Estos casos muestran cómo la tecnología puede aliviar cargas administrativas y mejorar el acceso a prestaciones. Sin embargo, la adopción de estas soluciones exige condiciones previas. La calidad de los datos, la interoperabilidad de sistemas y la infraestructura digital son factores que determinan la viabilidad de las aplicaciones. Además, la gobernanza debe garantizar transparencia, equidad y cumplimiento normativo, especialmente en un sector considerado de alto riesgo bajo la legislación europea. La ausencia de controles adecuados podría derivar en sesgos, decisiones opacas o vulneraciones de derechos. Por ello, se requiere un equilibrio entre innovación y protección, donde las instituciones públicas establezcan directrices claras y mecanismos de supervisión.

    El marco de referencia propuesto se articula en torno a tres pilares: Habilitadores, salvaguardas y participación. Los habilitadores incluyen inversiones estratégicas, infraestructura tecnológica y calidad de datos, que permiten desplegar sistemas confiables. Las salvaguardas abarcan la supervisión ética, la regulación y la incorporación de principios de transparencia en todo el ciclo de vida de las aplicaciones. La participación implica involucrar a funcionarios, usuarios y actores sociales en el diseño y evaluación de las soluciones, de modo que se construya confianza y se eviten consecuencias negativas no previstas. La dimensión laboral también resulta decisiva. La introducción de inteligencia artificial transforma procesos organizativos y redefine competencias. Se requieren estrategias de desarrollo de capacidades que incluyan reclutamiento de perfiles especializados, alianzas estratégicas y programas de formación adaptados a distintos grupos de empleados. Aunque la externalización puede cubrir vacíos de habilidades, el fortalecimiento de capacidades internas ofrece ventajas en términos de responsabilidad, privacidad y misión de servicio público. Asimismo, fomentar una cultura institucional orientada a la innovación y al aprendizaje continuo es esencial para que la adopción tecnológica sea sostenible y confiable.

    El impacto esperado va más allá de la eficiencia administrativa. La inteligencia artificial puede contribuir a reducir la falta de acceso a programas sociales, anticipar riesgos y personalizar intervenciones. Mediante análisis predictivos, es posible identificar personas en situación de vulnerabilidad y diseñar respuestas preventivas. De esta manera, los sistemas de seguridad social no solo reaccionan ante necesidades existentes, sino que se convierten en instrumentos proactivos de inclusión y bienestar. De este modo, la integración de inteligencia artificial en la seguridad social requiere una visión integral que combine tecnología, gobernanza y desarrollo humano. La oportunidad de modernizar servicios y cerrar brechas de acceso depende de la capacidad de los gobiernos para establecer marcos regulatorios robustos, invertir en infraestructura y preparar a sus instituciones y trabajadores. Solo así se podrá garantizar que la innovación tecnológica se traduzca en sistemas más transparentes, inclusivos y eficaces, capaces de responder a las demandas sociales presentes y futuras.

     

    Para leer más ingrese a:

    https://www.oecd.org/en/publications/harnessing-artificial-intelligence-in-social-security_b52405c1-en.html

    https://www.oecd.org/content/dam/oecd/en/publications/reports/2025/12/harnessing-artificial-intelligence-in-social-security_d03136ef/b52405c1-en.pdf

  • SANS 2025 Multicloud – Survey: Securing Multiple Clouds at Scale

    SANS 2025 Multicloud – Survey: Securing Multiple Clouds at Scale

    La adopción de entornos multicloud se ha consolidado como una decisión estructural en organizaciones de múltiples sectores, impulsada por la necesidad de flexibilidad, resiliencia operativa y acceso a capacidades avanzadas. Sin embargo, esta expansión no ha estado acompañada por una madurez equivalente en los enfoques de seguridad, lo que ha generado escenarios donde la complejidad supera la capacidad de control. En consecuencia, la seguridad multicloud se configura como un proceso en construcción, marcado por avances graduales y tensiones persistentes entre velocidad, gobernanza y protección.

    En primer lugar, la distribución de cargas de trabajo entre distintos proveedores refleja una preferencia creciente por arquitecturas híbridas y diversificadas. Plataformas como Azure y AWS concentran la mayor parte de los despliegues, mientras que otros proveedores complementan funciones específicas relacionadas con analítica, inteligencia artificial o necesidades regionales. Esta heterogeneidad, aunque estratégica desde el punto de vista operativo, introduce dificultades para mantener visibilidad unificada, coherencia en políticas y monitoreo continuo, especialmente cuando los equipos replican prácticas diseñadas para un solo proveedor. Asimismo, la autoevaluación de madurez en seguridad evidencia una zona intermedia ampliamente extendida. Muchas organizaciones han superado etapas experimentales, aunque todavía no alcanzan esquemas preventivos sólidos ni arquitecturas resilientes. Esta situación se agrava cuando la responsabilidad sobre la seguridad multicloud se diluye entre áreas o se asume como una extensión de tareas existentes. Por el contrario, allí donde se han creado equipos dedicados, se observan mayores niveles de estandarización, automatización y control, lo que permite responder de forma más coherente a entornos dinámicos.

    Por otra parte, la complejidad aparece como el factor transversal que condiciona la mayoría de los retos operativos. La proliferación de servicios, herramientas y configuraciones incrementa la dificultad de integración y amplifica brechas de conocimiento. A esto se suman restricciones presupuestales y escasez de talento especializado, lo que obliga a priorizar decisiones que no siempre reducen el riesgo de manera estructural. Desde esta perspectiva, la complejidad deja de ser un inconveniente circunstancial y se convierte en un desafío arquitectónico que exige simplificación deliberada. En relación con las herramientas de seguridad, se observa una tendencia hacia la convergencia de plataformas capaces de integrar postura, protección de cargas, identidades y automatización. Aun así, la realidad multivendor persiste, impulsada por requisitos regulatorios, procesos de fusiones y adquisiciones, o limitaciones de las soluciones nativas. Este escenario genera superposición de tecnologías que, aunque aporta flexibilidad, incrementa los costos de operación, la necesidad de capacitación y la dificultad de gobierno.

    De manera paralela, la gestión de identidades emerge como una de las áreas más exigentes. La adopción de autenticación multifactor, federación y gestión de privilegios ha avanzado de forma significativa; no obstante, la coexistencia de múltiples proveedores y directorios híbridos fragmenta la aplicación de políticas. Frente a ello, la automatización de identidades gana relevancia como mecanismo para reducir privilegios permanentes, responder a cambios dinámicos y disminuir errores humanos en entornos de alta rotación. En este contexto, la federación de identidades para cargas de trabajo se perfila como una alternativa que aún no ha sido plenamente incorporada. Al reemplazar credenciales estáticas por tokens temporales, se reducen superficies de ataque y se fortalece la trazabilidad, aunque su adopción permanece limitada por desconocimiento o implementación parcial. Esta brecha revela una distancia entre las capacidades disponibles y su uso efectivo en la práctica.

    Tecnologías como SIEM en la nube, SASE y automatización de operaciones muestran una orientación clara hacia modelos escalables y centralizados. A ello se suma el interés creciente por el uso de inteligencia artificial aplicada a detección, respuesta y análisis predictivo. No obstante, estas capacidades demandan marcos de gobernanza, criterios de confianza y alineación estratégica para evitar que se conviertan en nuevas fuentes de fragmentación. De este modo, la seguridad multicloud se define menos por la adopción de herramientas específicas y más por la capacidad organizacional de integrar personas, procesos y tecnología de forma coherente y sostenida.

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    https://www.sans.org/white-papers/2025-multicloud-survey-securing-multiple-clouds-scale

  • Employment and Skills Policies for the Green Transition: Review of International Good Practices

    Employment and Skills Policies for the Green Transition: Review of International Good Practices

    La transición hacia economías con bajas emisiones está transformando de manera profunda los mercados laborales, los sistemas de formación y las políticas públicas. Este proceso implica no solo la creación de nuevas ocupaciones vinculadas a actividades sostenibles, sino también la transformación de tareas, competencias y trayectorias profesionales en sectores tradicionales. En consecuencia, el empleo se redefine en un contexto donde la adaptación de capacidades laborales se vuelve una condición estructural del cambio productivo y social.

    A medida que las actividades intensivas en emisiones reducen su peso, surgen oportunidades laborales asociadas a energías limpias, construcción sostenible, economía circular y tecnologías ambientales. Sin embargo, estos cambios no se distribuyen de manera homogénea. Las pérdidas de empleo tienden a concentrarse en territorios específicos, mientras que la creación de nuevos puestos ocurre en otras regiones, lo que amplifica las desigualdades territoriales. Al mismo tiempo, las condiciones laborales de los nuevos empleos no siempre replican los niveles salariales ni la estabilidad presentes en sectores en declive, especialmente para trabajadores con menor nivel de cualificación. Frente a este escenario, la adaptación de las políticas de empleo y formación adquiere una dimensión estratégica. La formación continua, la recualificación y el aprendizaje a lo largo de la vida emergen como ejes de acción para facilitar transiciones laborales viables. En este marco, los sistemas de educación técnica y profesional se reconfiguran mediante la actualización de currículos, la incorporación de contenidos ambientales y el desarrollo de itinerarios flexibles que permiten la movilidad entre ocupaciones. Asimismo, se observa una creciente integración de competencias transversales, como la comprensión de los sistemas climáticos y su relación con la actividad humana.

    Por otra parte, las políticas públicas buscan anticipar los desajustes entre oferta y demanda de competencias. Para ello, se fortalecen los sistemas de información del mercado laboral y los mecanismos de prospectiva, con el fin de orientar tanto a instituciones educativas como a trabajadores y empresas. Esta anticipación se acompaña de incentivos financieros que facilitan el acceso a programas formativos, especialmente para personas desempleadas o en riesgo de desplazamiento laboral. De este modo, la capacitación se presenta no solo como una herramienta individual, sino también como un instrumento de cohesión social. Las empresas, a su vez, enfrentan procesos de adaptación significativos. En respuesta, se implementan esquemas de apoyo que permiten reorganizar la fuerza laboral sin recurrir de manera inmediata a despidos permanentes. Estos mecanismos facilitan la reorganización productiva y, al mismo tiempo, ofrecen espacios para la formación durante los periodos de ajuste. En paralelo, se promueven iniciativas orientadas a pequeñas y medianas empresas, con el objetivo de fortalecer su capacidad para planificar necesidades futuras de competencias y adoptar modelos productivos más sostenibles.

    El enfoque territorial adquiere una relevancia creciente en este proceso. Las regiones más expuestas a la reconversión productiva requieren intervenciones específicas que articulen políticas de empleo, desarrollo económico y formación. En este sentido, la participación de actores locales, instituciones educativas, empresas y organizaciones sociales permite diseñar respuestas ajustadas a las características productivas y sociales de cada territorio. La diversificación económica y el aprovechamiento de capacidades existentes se convierten en elementos orientadores de estas estrategias. De manera transversal, la gobernanza colaborativa se consolida como un rasgo distintivo. La elaboración de estrategias involucra a ministerios, servicios públicos de empleo, interlocutores sociales, entidades formativas y organizaciones de la sociedad civil. Este enfoque participativo favorece la legitimidad de las medidas adoptadas y mejora su coherencia con las realidades sectoriales y territoriales. No obstante, persisten desafíos asociados al seguimiento y evaluación, dado que los marcos sistemáticos para medir avances aún se encuentran en desarrollo en muchos contextos.

    La comunicación y la sensibilización acompañan las acciones estructurales. Las campañas informativas buscan visibilizar oportunidades laborales emergentes, reducir estereotipos y aumentar el atractivo de las trayectorias formativas vinculadas a la sostenibilidad. A través de estos esfuerzos, se refuerza la comprensión social del cambio en curso y se promueve una transición laboral más equitativa y socialmente aceptada.

    Para leer más ingrese a:

    https://www.oecd.org/en/publications/employment-and-skills-policies-for-the-green-transition_f0c558fa-en.html

    https://www.oecd.org/content/dam/oecd/en/publications/reports/2025/12/employment-and-skills-policies-for-the-green-transition_3f63c303/f0c558fa-en.pdf

  • Demand-Side Drivers of Steel Decarbonization: Automotive Procurement Practices

    Demand-Side Drivers of Steel Decarbonization: Automotive Procurement Practices

    La descarbonización de la industria del acero se ha abordado tradicionalmente desde la oferta, mediante innovaciones tecnológicas y cambios en los procesos productivos. No obstante, el análisis de los impulsores del lado de la demanda revela que las decisiones tomadas por compradores, diseñadores y usuarios finales influyen de manera decisiva en la velocidad y profundidad de la transición hacia un acero con menores emisiones. En este sentido, la demanda no solo responde a precios y disponibilidad, sino también a marcos regulatorios, expectativas sociales y estrategias corporativas orientadas a la reducción de la huella climática.

    El consumo de acero se concentra principalmente en sectores como la construcción, la infraestructura, el transporte y la manufactura de bienes duraderos. Cada uno de estos ámbitos presenta patrones de demanda distintos, así como diferentes márgenes de maniobra para reducir emisiones. Por ejemplo, en la construcción, las decisiones de diseño estructural influyen directamente en la cantidad total de acero utilizada, mientras que en el sector automotriz el énfasis recae tanto en la eficiencia del material como en la elección de proveedores con menores intensidades de carbono. Así, las estrategias de reducción de emisiones varían según el contexto sectorial y el tipo de producto final. La estandarización de definiciones y métricas relacionadas con el acero de bajas emisiones constituye un elemento que facilita la acción desde la demanda. La ausencia de criterios homogéneos genera incertidumbre entre compradores y limita la comparabilidad entre productos. Frente a esta situación, el desarrollo de umbrales de intensidad de emisiones y sistemas de certificación permite diferenciar materiales según su desempeño climático, lo que refuerza la señal de mercado hacia productores que invierten en procesos más limpios.

    Las políticas públicas orientadas al lado de la demanda amplían este efecto al crear condiciones que favorecen la adopción de acero con menores emisiones. La contratación pública emerge como una herramienta relevante, dado el peso de la infraestructura financiada por el Estado en la demanda total de acero. Al incorporar criterios de desempeño climático en licitaciones y estándares de obra, se generan incentivos para que la industria ajuste su oferta. A esto se suman regulaciones de divulgación climática y objetivos corporativos de neutralidad de carbono, que incrementan la presión sobre las cadenas de suministro. Las empresas compradoras cuentan con múltiples mecanismos para influir en la descarbonización del acero. Los acuerdos de compra a largo plazo, la agregación de demanda entre distintos actores y la disposición a pagar primas temporales contribuyen a reducir riesgos para los productores que adoptan tecnologías con menores emisiones. Al mismo tiempo, la integración temprana de criterios de carbono en decisiones de diseño y planificación permite evitar bloqueos tecnológicos y reducir la dependencia de materiales intensivos en emisiones.

    El análisis también pone de relieve la importancia de la eficiencia material y de la circularidad. La reducción de la demanda total de acero mediante diseños más eficientes, la reutilización de componentes y el aumento de las tasas de reciclaje disminuyen la presión sobre la producción primaria. En particular, el uso de acero reciclado, cuando se encuentra disponible, ofrece una vía para reducir emisiones asociadas, aunque su potencial depende de la calidad de la chatarra y de la infraestructura existente para su recolección y procesamiento. A pesar de estas oportunidades, persisten barreras que limitan la activación del lado de la demanda. Entre ellas se encuentran la fragmentación de los mercados, la falta de información accesible sobre la huella de carbono de los productos y la percepción de riesgos asociados a costos y suministro. Superar estos obstáculos requiere coordinación entre actores públicos y privados, así como el desarrollo de plataformas que faciliten el intercambio de información y la agregación de señales de demanda.

    El fortalecimiento de los impulsores del lado de la demanda permite acelerar la descarbonización del acero más allá de los avances tecnológicos en la producción. Al alinear decisiones de compra, políticas públicas y estrategias corporativas con objetivos climáticos, se crea un entorno que favorece la adopción de materiales con menores emisiones y promueve transformaciones estructurales en una industria central para la economía global.

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    Demand-Side Drivers of Steel Decarbonization: Automotive Procurement Practices

  • Geospatial Methods for Corporate GHG Accounting of Deforestation and Land Occupation

    Geospatial Methods for Corporate GHG Accounting of Deforestation and Land Occupation

    La creciente atención sobre las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a la deforestación y a la ocupación del suelo ha impulsado el desarrollo de métodos más precisos para su contabilización en el ámbito corporativo. En este contexto, la aplicación de enfoques geoespaciales permite superar limitaciones de los métodos promedio tradicionales, al integrar información explícita sobre localización, temporalidad y características biofísicas de los territorios donde se desarrollan las actividades productivas. De esta manera, se avanza hacia estimaciones que reflejan con mayor fidelidad las interacciones entre cadenas de suministro y cambios en el uso del suelo. La contabilidad corporativa del sector de agricultura, silvicultura y otros usos de la tierra se ha basado históricamente en factores de emisión agregados a escala nacional o global. Sin embargo, estos promedios tienden a ocultar variaciones significativas dentro de un mismo país, especialmente en regiones donde la expansión agrícola ocurre sobre bosques con altos niveles de carbono. Frente a esta situación, el uso de datos geoespaciales armonizados facilita la asignación de emisiones a ubicaciones concretas, lo que mejora la consistencia entre los impactos observados en el territorio y los inventarios corporativos reportados.

    La estimación de emisiones por deforestación se apoya en la identificación de cambios de cobertura forestal a lo largo del tiempo, combinada con datos sobre existencias de carbono en biomasa y suelos. A través de este enfoque, las pérdidas de carbono se asocian directamente con el momento y el lugar de la conversión del suelo. Además, la incorporación de ventanas temporales retrospectivas permite distribuir las emisiones a lo largo de varios años, reduciendo distorsiones derivadas de eventos puntuales y ofreciendo una visión más equilibrada de las tendencias recientes. La asignación de estas emisiones a productos agrícolas específicos se realiza mediante la comparación de la expansión relativa de cultivos dentro de cada unidad espacial. Así, las emisiones totales generadas por la conversión del suelo se reparten entre los cultivos responsables del aumento del área agrícola, en proporción a su crecimiento. Este procedimiento refuerza la coherencia metodológica y evita atribuciones basadas únicamente en volúmenes de producción, que podrían desvincularse de los procesos reales de transformación del territorio.

    La ocupación del suelo introduce una dimensión adicional al análisis, al vincular la producción agrícola con la superficie necesaria para sostenerla. A partir de rendimientos promedio espacialmente explícitos, se calcula el área requerida para producir una determinada cantidad de producto. Este enfoque permite identificar diferencias marcadas entre regiones con alta productividad y aquellas donde los rendimientos son menores, lo que se traduce en mayores presiones sobre la tierra. En consecuencia, la ocupación del suelo se convierte en un indicador relevante para evaluar la intensidad territorial de las cadenas de suministro. Los resultados obtenidos mediante métodos geoespaciales muestran una dispersión considerable de los factores de emisión, tanto entre países como dentro de ellos. Esta variabilidad pone de manifiesto que dos empresas que producen o abastecen el mismo cultivo pueden presentar huellas de carbono muy distintas, dependiendo del origen geográfico de su producción. A su vez, el aumento de la resolución espacial incrementa la transparencia, al hacer visibles áreas con altos niveles de deforestación reciente que quedarían diluidas en promedios nacionales.

    La integración de estos métodos en marcos de reporte corporativo contribuye a mejorar la comparabilidad y credibilidad de los inventarios de emisiones. Al alinear datos espaciales consistentes con estándares internacionales de contabilidad de gases de efecto invernadero, se facilita la identificación de riesgos asociados al uso del suelo y se fortalecen las bases para el establecimiento de metas de reducción más informadas. Además, este enfoque permite orientar acciones de mitigación hacia regiones y productos con mayores impactos territoriales. Siendo así, la aplicación de métodos geoespaciales en la contabilidad corporativa representa un avance significativo hacia una representación más detallada de las emisiones por deforestación y ocupación del suelo. Al capturar la complejidad espacial y temporal de estos procesos, se generan insumos más sólidos para la toma de decisiones empresariales, la gestión de cadenas de suministro y el seguimiento de compromisos climáticos vinculados al uso sostenible del territorio.

    Para leer más ingrese a:

    https://www.wri.org/research/geospatial-methods-corporate-ghg-accounting-deforestation-and-land-occupation

    https://files.wri.org/d8/s3fs-public/2025-12/geospatial-methods-for-corporate-ghg-accounting-of-deforestation-and-land-occupation.pdf

  • Statistical land use change emissions from deforestation and land occupation for crops

    Statistical land use change emissions from deforestation and land occupation for crops

    La transformación del uso del suelo asociada a la expansión agrícola constituye una de las mayores fuentes de emisiones de gases de efecto invernadero dentro del sector de agricultura, silvicultura y otros usos de la tierra. A lo largo de las últimas décadas, la conversión de bosques y otras coberturas naturales en tierras de cultivo ha generado pérdidas significativas de carbono almacenado en la biomasa y en los suelos, al mismo tiempo que ha intensificado presiones sobre ecosistemas y comunidades. En este contexto, la medición consistente de las emisiones vinculadas a estos procesos resulta determinante para comprender el impacto real de las cadenas de suministro agrícolas. El crecimiento de la producción agrícola responde, en gran medida, a la demanda global de alimentos, fibras y biocombustibles. Sin embargo, dicha expansión no ocurre de forma homogénea, sino que se concentra en regiones donde aún persisten coberturas forestales con altos contenidos de carbono. Como consecuencia, los patrones de deforestación presentan una marcada variabilidad espacial y temporal, lo que dificulta la comparación entre regiones y productos cuando se utilizan enfoques agregados. Frente a esta situación, el uso de datos geoespaciales estandarizados permite capturar diferencias territoriales que de otro modo quedarían ocultas.

    Las emisiones por cambio de uso del suelo se generan principalmente durante los primeros años posteriores a la conversión, aunque sus efectos se extienden en el tiempo. Por esta razón, la aplicación de periodos retrospectivos y de mecanismos de ponderación temporal facilita una representación más ajustada del peso de las transformaciones recientes frente a aquellas ocurridas décadas atrás. De este modo, las emisiones asociadas a deforestación reciente adquieren mayor relevancia en los cálculos actuales, mientras que las más antiguas se atenúan progresivamente, lo que contribuye a una lectura dinámica del fenómeno. La asignación de emisiones a cultivos específicos se basa en la expansión relativa de cada producto dentro de una región determinada. A través de este enfoque, las emisiones totales derivadas de la conversión de tierras se distribuyen entre los cultivos responsables de dicha expansión, considerando su participación en el aumento del área agrícola. Este procedimiento evita atribuciones arbitrarias y favorece una relación directa entre cambios observados en el territorio y productos concretos, reforzando la coherencia entre datos biofísicos y resultados contables.

    Los resultados muestran contrastes significativos entre cultivos, países y escalas de análisis. Mientras algunos productos presentan factores de emisión relativamente bajos a nivel global, otros exhiben valores elevados, especialmente cuando su producción se concentra en zonas tropicales con bosques densos y suelos ricos en carbono. Asimismo, el análisis a escalas subnacionales revela la existencia de áreas con emisiones muy superiores a los promedios nacionales, lo que evidencia que las medias agregadas tienden a diluir focos territoriales de alta intensidad emisora. La trazabilidad emerge como un elemento que transforma sustancialmente la interpretación de los resultados. A medida que se avanza desde escalas globales hacia niveles administrativos más detallados, se hace visible una mayor dispersión de los factores de emisión. Esta mayor resolución espacial permite identificar territorios donde la producción agrícola está estrechamente vinculada a deforestación reciente, lo que abre la posibilidad de orientar intervenciones más precisas y contextualizadas dentro de las cadenas de suministro.

    El análisis de la ocupación del suelo introduce una dimensión adicional relacionada con la eficiencia productiva. La conversión de volúmenes de producción en superficies ocupadas, a partir de rendimientos promedio ajustados, permite evaluar la presión que cada cultivo ejerce sobre la tierra. En regiones con bajos rendimientos, una misma cantidad de producto requiere mayores extensiones, lo que incrementa la presión sobre los ecosistemas y amplifica los riesgos de nuevas conversiones. La integración de factores de emisión por cambio de uso del suelo y de indicadores de ocupación territorial proporciona una base sólida para el seguimiento de impactos asociados a la producción agrícola. Este enfoque contribuye a mejorar la comparabilidad entre empresas y regiones, al tiempo que fortalece la transparencia en los inventarios corporativos. Además, al vincular datos espaciales consistentes con marcos contables internacionales, se favorece una toma de decisiones más informada y alineada con objetivos de reducción de emisiones y gestión sostenible del territorio.

    Para leer más ingrese a:

    https://www.wri.org/research/statistical-land-use-change-emissions-deforestation-and-land-occupation-crops

    https://files.wri.org/d8/s3fs-public/2025-12/statistical-land-use-change-emissions-from-deforestation-and-land-occupation-for-crops.pdf

  • Sustainable Transport Policy for Georgia: A Roadmap

    Sustainable Transport Policy for Georgia: A Roadmap

    El sistema de transporte en Georgia se ha convertido en un eje determinante del desarrollo económico y territorial del país, al mismo tiempo que ha generado presiones ambientales, sociales y energéticas cada vez más visibles. El crecimiento sostenido de los ingresos, junto con la liberalización económica y la mejora del acceso al crédito, ha impulsado un aumento acelerado del parque vehicular, lo que ha derivado en una mayor demanda de energía y en un incremento notable de las emisiones asociadas al transporte, especialmente en el ámbito vial. Este proceso se desarrolla en un contexto donde el país depende casi por completo de la importación de combustibles fósiles, situación que incrementa la vulnerabilidad frente a la volatilidad de precios y a los riesgos de suministro. Del mismo modo, la posición geográfica de Georgia como corredor entre Europa y Asia ha fortalecido su papel en el comercio regional. Las inversiones en infraestructura vial, ferroviaria y portuaria han permitido ampliar la capacidad de transporte de mercancías y mejorar la conectividad internacional. Sin embargo, la concentración del transporte de carga en las carreteras ha contribuido al aumento del consumo energético y de las emisiones, además de intensificar la congestión y el deterioro de la calidad del aire en zonas urbanas. Frente a este escenario, el fortalecimiento del transporte ferroviario y de los sistemas multimodales aparece como una vía para aumentar la eficiencia logística y reducir impactos negativos.

    La expansión del transporte motorizado también ha tenido consecuencias directas sobre la salud pública y la seguridad vial. Las tasas de mortalidad por accidentes de tráfico superan ampliamente los promedios europeos, mientras que la contaminación atmosférica asociada a los vehículos se vincula con un número significativo de muertes prematuras. Estos efectos han generado una creciente preocupación social y han impulsado cambios en la percepción ciudadana, con una mayor aceptación de políticas orientadas a limitar la dependencia del automóvil y a promover alternativas como el transporte público, la caminata y el uso de la bicicleta. En este contexto, la electrificación del transporte emerge como una opción con alto potencial, considerando que la matriz eléctrica del país se basa mayoritariamente en fuentes renovables, en particular la hidroelectricidad. La incorporación progresiva de vehículos eléctricos permitiría reducir las emisiones del sector y mejorar la seguridad energética. No obstante, su adopción enfrenta barreras económicas, relacionadas con los costos iniciales y con la limitada capacidad de inversión pública y privada. Por ello, se plantea la necesidad de combinar incentivos específicos, reformas fiscales y una planificación gradual que priorice los segmentos con mayor viabilidad económica y social.

    Al mismo tiempo, la transformación del transporte no puede limitarse a un cambio tecnológico. Resulta necesario replantear la organización de la movilidad urbana y regional mediante políticas que integren planificación territorial, diseño urbano y gestión de la demanda. La mejora de la calidad, cobertura y confiabilidad del transporte público, junto con la reorganización de rutas y servicios, contribuiría a reducir la presión sobre las carreteras y a mejorar el acceso equitativo a oportunidades económicas y sociales. La alineación normativa e institucional con los marcos europeos ofrece una oportunidad para modernizar el sector y acceder a financiamiento, asistencia técnica y mercados más amplios. La convergencia regulatoria, acompañada por inversiones en capacidades técnicas, recopilación de datos y educación, permitiría sostener una transición ordenada hacia un sistema de transporte más eficiente, menos intensivo en energía y con menores impactos ambientales. De este modo, el transporte puede consolidarse como un motor de desarrollo que combine competitividad económica, bienestar social y sostenibilidad ambiental.

    Para leer más ingrese a:

    https://www.iea.org/reports/sustainable-transport-for-georgia-a-roadmap

    https://iea.blob.core.windows.net/assets/182bc41d-1a59-4ad7-ba80-b201354196ae/SustainableTransportPolicyforGeorgia.pdf

  • Exploring the Potential of Hydrogen for a Sustainable Energy Transition

    Exploring the Potential of Hydrogen for a Sustainable Energy Transition

    La transición hacia sistemas energéticos más sostenibles surge como respuesta a la presión creciente del cambio climático, la seguridad energética y la necesidad de reducir emisiones en sectores intensivos en carbono. En este escenario, el hidrógeno se presenta como un vector energético con amplias posibilidades, tanto por sus propiedades físicas como por su versatilidad de uso. A diferencia de otros portadores energéticos, su aprovechamiento permite articular generación limpia, almacenamiento y consumo en múltiples sectores productivos. El hidrógeno destaca por su comportamiento ambiental durante el uso energético, dado que en procesos electroquímicos su subproducto es vapor de agua. Esta característica impulsa su consideración dentro de estrategias de descarbonización que buscan reducir emisiones directas en transporte, industria y generación eléctrica. Además, su elevada densidad energética por unidad de masa lo convierte en una opción atractiva para aplicaciones donde el peso representa una restricción relevante, aunque este atributo contrasta con su baja densidad volumétrica, lo que exige soluciones específicas de almacenamiento y compresión.

    Por otra parte, el interés por el hidrógeno se intensifica al analizar su capacidad como medio de almacenamiento energético. A través de procesos como la electrólisis, el excedente de electricidad proveniente de fuentes renovables puede transformarse en energía química y conservarse durante periodos prolongados. Posteriormente, este contenido energético puede reconvertirse en electricidad o calor, lo que facilita la gestión de la intermitencia asociada a la generación solar y eólica. En consecuencia, el hidrógeno amplía el horizonte temporal del almacenamiento más allá de las limitaciones típicas de las tecnologías electroquímicas convencionales. Asimismo, su aplicabilidad transversal refuerza su potencial sistémico. En el sector del transporte, los sistemas basados en celdas de combustible ofrecen tiempos de recarga reducidos y autonomías elevadas, lo que resulta especialmente atractivo para vehículos pesados, transporte de larga distancia y aplicaciones ferroviarias o marítimas. De forma paralela, la industria química lo emplea como insumo en la producción de amoníaco, metanol y procesos de refinación, mientras que sectores emergentes exploran su uso en la fabricación de acero con menores emisiones.

    Desde el punto de vista técnico, el funcionamiento de las celdas de combustible permite transformar la energía química del hidrógeno en electricidad mediante reacciones electroquímicas continuas. Este proceso evita la combustión directa y genera corriente eléctrica mientras se mantenga el suministro de hidrógeno y oxígeno. Sin embargo, las características eléctricas de estas celdas requieren configuraciones en serie para alcanzar tensiones operativas adecuadas, lo que introduce consideraciones adicionales de diseño e integración. A su vez, la diversidad de tecnologías de celdas de combustible amplía el espectro de aplicaciones posibles. Las variantes de membrana de intercambio de protones, óxido sólido, ácido fosfórico y metanol directo presentan diferencias significativas en temperatura de operación, eficiencia, tiempo de arranque y tolerancia a impurezas. Esta diversidad tecnológica permite seleccionar soluciones acordes a necesidades específicas, desde dispositivos portátiles hasta generación estacionaria de gran escala.

    No obstante, el despliegue masivo del hidrógeno enfrenta barreras técnicas, económicas y logísticas. Los requerimientos de infraestructura para producción, almacenamiento y transporte demandan inversiones sustanciales, mientras que la manipulación segura del gas exige sistemas de ventilación, detección y control adecuados. Además, la competitividad económica del hidrógeno producido a partir de fuentes renovables depende de la reducción de costos tecnológicos y del acceso a electricidad limpia a gran escala. El hidrógeno se perfila como un componente articulador de la transición energética al conectar generación renovable, almacenamiento y consumo en múltiples sectores. Su potencial reside tanto en sus propiedades físicas como en su capacidad de integrarse en cadenas de valor diversas. De este modo, su desarrollo progresivo podría contribuir a sistemas energéticos más flexibles, resilientes y alineados con objetivos de sostenibilidad de largo plazo.

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  • Juntos llegamos más lejos: 20 historias que tejen desarrollo sostenible

    Juntos llegamos más lejos: 20 historias que tejen desarrollo sostenible

    La sostenibilidad se ha configurado como un proceso en permanente construcción, atravesado por tensiones entre producción, consumo, equidad social y límites ambientales. Lejos de tratarse de una meta alcanzable o de una agenda cerrada, se presenta como un camino que exige revisar prácticas, cuestionar inercias y asumir incomodidades. En este marco, la reflexión se desplaza progresivamente desde la corrección de impactos hacia la pregunta por el origen de las decisiones, lo que implica repensar materiales, relaciones, modelos de negocio y formas de habitar el territorio. En este tránsito, la sostenibilidad deja de entenderse como un conjunto de acciones aisladas asociadas exclusivamente al cuidado ambiental y se amplía hacia una visión integradora que articula dimensiones económicas, sociales y ecológicas. Así, lo ambiental ya no se concibe de manera desconectada de las personas ni de los sistemas productivos, sino como parte de una red de interdependencias que obliga a mirar el desarrollo desde una lógica relacional. De manera paralela, la filantropía y la responsabilidad social evolucionan desde prácticas asistenciales y fragmentadas hacia enfoques estratégicos que dialogan con el propósito organizacional y con las realidades de los territorios.

    Este proceso de transformación no ocurre en abstracto, sino a partir de experiencias situadas que evidencian la importancia del trabajo colaborativo. En consecuencia, la sostenibilidad se construye mediante alianzas entre sectores públicos, privados y comunitarios, donde el conocimiento técnico se complementa con el conocimiento del contexto. Tal articulación permite diseñar intervenciones más pertinentes, reducir la conflictividad y fortalecer la confianza, especialmente en escenarios rurales o en territorios atravesados por desigualdades históricas. Al mismo tiempo, se reconoce que el desarrollo sostenible demanda una escucha activa y una disposición genuina al diálogo. No se trata de intervenir desde diagnósticos externos repetidos, sino de construir acuerdos que eviten la instrumentalización de las comunidades y promuevan procesos de largo aliento. Desde esta perspectiva, la sostenibilidad se vuelve inseparable del reconocimiento del otro, de la negociación y de la corresponsabilidad, incluso cuando existen desacuerdos o intereses divergentes.

    Otro aspecto relevante es la incorporación progresiva de estos enfoques en la estrategia empresarial. La sostenibilidad deja de percibirse como un costo adicional y se integra en la planeación, la inversión y la gestión del riesgo. De esta manera, se fortalecen capacidades internas, se desarrollan métricas más precisas y se avanza hacia decisiones informadas que consideran impactos sociales y ambientales junto con resultados económicos. En sectores como las finanzas, la infraestructura o la energía, este cambio se traduce en nuevos instrumentos, metodologías y criterios de evaluación que reconocen el valor de la naturaleza y de las personas. Asimismo, emerge con fuerza el papel de los liderazgos diversos. La participación de mujeres, jóvenes y actores territoriales amplía las miradas, introduce sensibilidades distintas y contribuye a transformar culturas organizacionales. Estas experiencias muestran que el liderazgo no depende únicamente de cargos formales, sino de la capacidad de influir, acompañar y generar sentido colectivo. En este contexto, la formación, la mentoría y el fortalecimiento de redes se convierten en mecanismos para ampliar el alcance de la sostenibilidad.

    La sostenibilidad se vincula con una ética del cuidado y del largo plazo. Pensar en generaciones futuras, en ciclos ecológicos y en compromisos que trascienden el corto plazo redefine la noción de éxito y de progreso. Más que ofrecer respuestas definitivas, este enfoque invita a mantener abiertas las preguntas, a aprender de la experiencia y a seguir tejiendo relaciones que permitan avanzar hacia formas de desarrollo más justas, conscientes y compartidas.

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