La inversión extranjera directa mundial mostró una notable resiliencia durante el año 2025, alcanzando los uno punto seis billones de dólares tras un incremento del seis por ciento en comparación con el periodo anterior. Pese a esta recuperación numérica, el panorama global se caracteriza por una fragilidad subyacente y una disparidad acentuada entre los distintos niveles de desarrollo económico. Mientras las entradas de capital en las economías desarrolladas crecieron un once por ciento, los flujos hacia las naciones en desarrollo apenas experimentaron un avance del dos por ciento, lo cual acentúa la brecha de financiamiento externo y la dependencia de flujos volátiles. Puesto que los megaproyectos en infraestructuras digitales han sido los motores principales de esta expansión, la actividad en la mayoría de los sectores industriales tradicionales permanece moderada, condicionada por tensiones geopolíticas crecientes y el encarecimiento sostenido del capital. Por tal motivo, la inversión internacional ha dejado de seguir exclusivamente criterios de eficiencia y búsqueda de mercados para integrarse en esquemas de cálculo estratégico y seguridad económica definidos por las grandes potencias económicas. Bajo esta premisa, el entorno actual se define por una competencia intensa donde los gobiernos intervienen de manera más activa mediante medidas de política industrial que han alcanzado niveles récord, buscando asegurar ventajas tecnológicas y resiliencia en sus cadenas de suministro nacionales.
La actividad inversora se concentra de forma extraordinaria en ámbitos vinculados a la transición digital y energética, tales como la infraestructura de inteligencia artificial, los semiconductores, los minerales críticos y las tecnologías limpias. Estos sectores estratégicos incrementaron su participación en la inversión en nuevas plantas del dieciséis por ciento en 2020 al cuarenta y cuatro por ciento en 2025, evidenciando un cambio estructural en las prioridades de los capitales transnacionales. Debido a que la implementación de la inteligencia artificial exige una capacidad de procesamiento masiva, los centros de datos se han posicionado como el segmento de mayor crecimiento, requiriendo inversiones intensivas en energía, conectividad y sistemas de enfriamiento especializados. Dicho esto, la fabricación de semiconductores representa el área de expansión más veloz, con un crecimiento anual del cincuenta y cuatro por ciento que refleja el esfuerzo global por diversificar la producción de componentes con alta sensibilidad tecnológica. No obstante, la distribución de estas inversiones resulta sumamente desigual, dado que las economías de ingresos bajos y medios-bajos capturan apenas el diez por ciento de los proyectos estratégicos, mientras que los tres principales destinos concentran más de la mitad del valor global. Por otra parte, el auge de estas áreas está fuertemente moldeado por el resurgimiento de políticas industriales que utilizan subsidios directos a las empresas para asegurar liderazgos nacionales, una tendencia liderada por China, la Unión Europea y los Estados Unidos. Por lo tanto, la asimetría fiscal entre las naciones se traduce en una ventaja competitiva determinante que dificulta la participación de los países con menor espacio presupuestario en los segmentos de mayor innovación y valor añadido.
La reconfiguración de las cadenas de suministro representa otro proceso transformador que reduce el ritmo de expansión de la manufactura tradicional, la cual registró un descenso del diecisiete por ciento en su valor de inversión al excluir los rubros estratégicos. Este repliegue se manifiesta con mayor severidad en los países menos adelantados, donde el ochenta y cinco por ciento de las agencias de promoción reportan cancelaciones o reducciones en sus proyectos industriales vigentes. Asimismo, la gobernanza de la inversión extranjera se ha vuelto considerablemente más compleja mediante la proliferación de mecanismos de revisión por motivos de seguridad nacional, los cuales se han duplicado en la última década hasta alcanzar a cincuenta y dos economías. Visto que el concepto de seguridad ahora abarca desde la soberanía de los datos hasta el control de los puntos de estrangulamiento logístico y el acceso a minerales de transición, las transacciones transfronterizas enfrentan una vigilancia institucional sin precedentes. De esta manera, los marcos regulatorios actuales buscan equilibrar la apertura al capital externo con la protección de la autonomía estratégica, imponiendo condiciones que a menudo favorecen la producción nacional o regional frente a la globalizada. Por consiguiente, las economías en desarrollo deben perfeccionar sus herramientas de facilitación y post-atención para retener las inversiones existentes frente a los choques arancelarios y la incertidumbre de las reglas comerciales globales. Dada esta situación, la credibilidad de una ubicación como base productiva confiable depende hoy tanto de la transparencia regulatoria como de los costos operativos y la estabilidad política.
Ante la complejidad de este escenario, las estrategias de desarrollo requieren una evolución hacia enfoques más pragmáticos que identifiquen nichos específicos dentro de las configuraciones productivas emergentes de la era digital. La priorización estratégica basada en datos y capacidades reales permite a las naciones menos favorecidas identificar puntos de entrada realistas, ya sea en el procesamiento de recursos naturales, el ensamblaje especializado o los servicios de soporte tecnológico. Adicionalmente, la integración regional se perfila como una herramienta necesaria para mitigar la fragmentación global, aunque su éxito real depende de la implementación efectiva de acuerdos que fomenten redes de proveedores locales y reduzcan las fricciones fronterizas. Por ello, resulta indispensable revitalizar la cooperación internacional para preservar un conjunto de normas compartidas que garanticen condiciones equitativas y transparentes para la inversión transfronteriza. Globalmente, la búsqueda de un marco común de intereses facilitará que el capital extranjero actúe como un motor de transformación productiva y sostenibilidad, evitando que la actual era de turbulencia profundice la divergencia económica entre las naciones. De este modo, el diseño de políticas coherentes que alineen la atracción de capitales con las metas de desarrollo nacional se establece como la vía medular para convertir los choques externos en oportunidades de crecimiento inclusivo y resiliencia a largo plazo.
Para leer más ingrese a:
https://unctad.org/publication/world-investment-report-2026-international-investment-turbulent-era
https://unctad.org/system/files/official-document/wir2026_en.pdf