Bután mantiene un crecimiento económico sólido, apoyado en hidroelectricidad y gasto de capital, pero con una limitación estructural clara: la expansión del producto no está generando suficientes empleos de calidad. En ese contexto, el sistema agroalimentario aparece como una de las plataformas más relevantes para conectar transformación productiva, reducción de pobreza y creación de oportunidades laborales. La agricultura, la ganadería y la silvicultura aportan menos de 15% del PIB y han crecido apenas 2,5% anual en la última década, con problemas persistentes de baja productividad, costos elevados, escasa integración de cadenas, limitada agregación de valor y exposición climática. Aun así, la importancia del sistema agroalimentario supera ampliamente el peso de la producción primaria, porque incorpora todas las actividades vinculadas a las cadenas de valor de alimentos y productos agropecuarios, desde la producción y los servicios de apoyo hasta el procesamiento, la logística, el comercio y los servicios de alimentos.
El análisis muestra que el sistema agroalimentario concentra, en promedio, 55% del empleo nacional entre 2018 y 2024, equivalente a unas 176.427 personas, aunque su peso relativo viene descendiendo por un crecimiento más rápido del empleo no agroalimentario. Aun así, sigue siendo la principal fuente de ocupación para grupos económicamente más vulnerables. Entre 2018 y 2024 absorbió 71% de los trabajadores rurales, 65% del empleo femenino, 50% de los jóvenes entre 15 y 24 años y 71% de quienes no tienen educación formal. Esa composición le da un papel directo en reducción de pobreza y movilidad económica, sobre todo porque estos grupos enfrentan mayores barreras para insertarse en otros segmentos del mercado laboral. También se destaca que las firmas de este sistema emplean una proporción más alta de mujeres permanentes y de gerentes mujeres que las firmas no vinculadas a estas cadenas, además de ofrecer oportunidades para trabajadores con menor escolaridad.
Sin embargo, la estructura interna sigue dominada por actividades primarias. El segmento upstream concentra en promedio 86% del empleo agroalimentario, con muy poca liberación de mano de obra desde la producción primaria. Buena parte de ese empleo es rural, familiar y de baja calificación. Cerca de 72% de los trabajadores de ese tramo tiene 35 años o más, 73% no posee educación formal y la mayoría trabaja como familiar no remunerado o como trabajador por cuenta propia. Eso limita productividad, mecanización, innovación y generación de empleo asalariado. En contraste, el segmento midstream, aunque pequeño, concentra una proporción muy alta de empleo asalariado, mientras el downstream ha sido el de crecimiento más acelerado, impulsado por más trabajadores que ingresan a comercio, mercadeo y servicios de alimentos. Lo más relevante es que la calidad del empleo y las remuneraciones mejoran a medida que los trabajadores avanzan dentro de la cadena. En promedio, los ocupados en actividades intermedias ganan 27% más por hora que los del tramo primario, y quienes se ubican en actividades downstream ganan 33% más por hora. Esto sugiere que la mejora del empleo no exige necesariamente salir del sistema agroalimentario, sino moverse hacia actividades de mayor valor dentro de él.
A nivel empresarial, las firmas agroalimentarias muestran un papel relevante en productividad y empleo. Representan alrededor de la mitad del universo de firmas privadas manufactureras y de servicios cubiertas en la encuesta analizada. Las más jóvenes, con menos de cinco años, exhiben el mayor crecimiento tanto en productividad como en empleo, lo que refuerza su importancia en la expansión de nuevas oportunidades laborales. Además, los salarios crecen de manera consistente con la productividad empresarial, lo que indica que mejorar desempeño a nivel de firma es una vía concreta para elevar ingresos laborales. Sin embargo, persisten restricciones importantes: escasez de mano de obra con habilidades adecuadas, acceso insuficiente a materias primas consistentes, financiamiento limitado, mercados pequeños y dificultades para cumplir exigencias de inocuidad alimentaria en destinos de exportación. Frente a ello, la orientación de política se centra en tres frentes: elevar productividad y especialización del tramo productivo mediante incentivos más inteligentes e inversión en bienes públicos; fortalecer el ecosistema de agronegocios y de cadenas fuera de finca con mejoras regulatorias, financieras y de formación técnica; y posicionar a Bután en productos alimentarios premium con mayor valor agregado, certificación y acceso a nichos de mercado que permitan escalar firmas, atraer capital privado y generar más empleos mejor remunerados.
Para leer más ingrese a:
https://openknowledge.worldbank.org/entities/publication/e7870f1e-515d-4d13-84cc-7611ba455a75