Actualmente el mundo se enfrenta al desafío de limitar los impactos y adaptarse al cambio climático. En Latinoamérica, se han dado pasos muy importantes en reemplazar combustibles fósiles por energías renovables para generación eléctrica, a partir de las inmensas riquezas naturales: el agua, el sol, el viento, entre otras. Sin embargo, el reto del cambio climático es tan grande que se debe abordar desde distintos frentes, pues solo un 20% de la energía total que se usa corresponde a electricidad y el resto son mayoritariamente combustibles fósiles: parte de este 80% restante puede descarbonizarse a través de la eficiencia energética y electrificando el consumo energético. Adicionalmente, se tiene pendiente la adaptación al cambio climático, pues éste llevará a la ocurrencia más frecuente de eventos climáticos extremos, para los cuales se debe estar preparados. En este nuevo escenario, los Operadores de Sistemas de Distribución (“DSO”, por sus siglas en inglés), tienen un rol protagónico que cumplir, pues para avanzar en la transición energética es clave contar con un suministro seguro y confiable; trasladar mayores beneficios al consumidor y; permitir e impulsarla entrada masiva de los recursos energéticos distribuidos (“DERs”, por sus siglas en inglés), como el almacenamiento y la generación renovable. Adicionalmente, los DSOs deberán gestionar la carga de millones de vehículos eléctricos en las ciudades; permitir que millones de hogares se climaticen con electricidad y; que miles de empresas electrifiquen sus procesos. Todo lo anterior, asegurando además que los beneficios de la transición lleguen a la mayor cantidad de personas posibles, lo que plantea desafíos en términos de entregar un servicio asequible para toda la población y de asegurar la cobertura, calidad y resiliencia no solo en las cuidades sino también en las extensas zonas rurales, muchas veces con poca infraestructura. Por el lado de la adaptación, los DSOs deberán aumentar su resiliencia para hacer frente a un escenario en que ocurrirán cada vez eventos climáticos más extremos e inesperados en algunas regiones, como nevadas y heladas, inundaciones, incendios forestales, tormentas, olas de calor, vientos de gran velocidad, entre otros. Todo lo anterior requiere, en forma urgente, que los DSOs y sus regulaciones migren hacia un enfoque aún más dinámico frente a la operación de la red, integrando nuevas tecnologías y soluciones, abandonando el paradigma diseñado en el siglo XX, es decir, un sistema eléctrico unidireccional y analógico en que avances tecnológicos como las redes inteligentes, la movilidad eléctrica, la generación distribuida, el almacenamiento, entre otros avances, no estaban aún desarrollados.
La infraestructura de distribución debe ser la plataforma digital que ayude a que el proceso de transformación energética sea parte integral de los cambios económicos, climáticos, sociales, de calidad y cobertura del servicio, que requieren los habitantes de la región. Si bien en Latinoamérica los niveles de confiabilidad han mejorado, esta nueva dinámica exige mejorar los índices de calidad de servicio en forma sustancial y a una mayor velocidad; en especial consideración a que la participación del consumo eléctrico en la matriz energética aumentará significativamente en el futuro próximo. Para acelerar este proceso en la región, son necesarios incentivos adecuadamente localizados, como ya ha sucedido en experiencias exitosas. Un claro ejemplo de esto es la experiencia en Europa, donde además de aumentarlos beneficios para el consumidor, el Índice de Duración Media de las Interrupciones del Sistema (SAIDI), se mide en minutos, mientras que en las capitales aún se está sobre las cinco horas y en zonas rurales es varias veces ese valor. Los niveles de confiabilidad están directamente relacionados con los incentivos que otorgan los marcos regulatorios actuales, que, en un buen número de los países de Latinoamérica, se han enfocado en minimizar los costos de la distribución para cierto nivel de calidad de servicio, y es así como las menores inversiones han tenido su efecto en los niveles de confiabilidad. Comprender el equilibrio entre costos y confiabilidad es fundamental, debido que un mayor nivel de confiabilidad podría requerir el financiamiento de mayores inversiones en la red, las que de todas maneras generarán beneficios económicos al consumidor.
El documento destaca la importancia de la transición energética en América Latina y resalta los beneficios de una matriz energética más sostenible y limpia. Reconoce que la distribución eléctrica juega un papel crucial en esta transición y señala los obstáculos regulatorios que existen actualmente. El informe identifica una serie de desafíos regulatorios en la distribución eléctrica, como la falta de marcos normativos claros y coherentes, la falta de incentivos para la adopción de tecnologías limpias y eficientes, y la necesidad de mejorar la calidad y confiabilidad del servicio eléctrico. ADELAT propone una serie de perfeccionamientos regulatorios para abordar estos desafíos. Entre las recomendaciones se incluyen la promoción de estándares de calidad y confiabilidad del servicio eléctrico, la implementación de mecanismos de incentivos económicos para fomentar la adopción de tecnologías limpias, y la creación de marcos regulatorios más claros y flexibles que fomenten la innovación y la competencia en el sector. En resumen, el informe resalta la importancia de la distribución eléctrica en la transición energética en América Latina y propone mejoras regulatorias específicas para superar los desafíos actuales. Estas recomendaciones buscan fomentar una distribución eléctrica más eficiente, sostenible y confiable en la región.
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