Durante años, el debate sobre el Internet de las Cosas se centró en conectar dispositivos. Hoy el interés se desplaza hacia lo que esos dispositivos hacen con los datos: analizar, aprender y actuar de forma autónoma. Esa evolución, bautizada como Inteligencia de las Cosas, surge de la convergencia del IoT con 5G, inteligencia artificial, big data, computación en el borde y analítica avanzada, y se ilustra con ejemplos cotidianos: sensores que detectan patrones de vibración y temperatura para anticipar fallos en maquinaria, semáforos que ajustan sus ciclos para reducir atascos y emisiones, o sistemas de riego que combinan lecturas del terreno con predicciones meteorológicas. El mercado acompaña ese giro, pues se estiman más de 18,8 mil millones de dispositivos activos a finales de 2024, por encima de 20,1 mil millones en 2025 y 40 mil millones hacia 2030, con crecimientos del orden de 10 % a 15 % anual.
Para sostener ese despliegue se requiere un ecosistema técnico bien integrado, y el análisis lo desmenuza con detalle. Las redes de área amplia y bajo consumo, LTE-M y NB-IoT, responden a necesidades distintas: la primera ofrece hasta 1 Mbps, movilidad y baterías de cinco a diez años, mientras que la segunda se orienta a dispositivos fijos y de bajo tráfico, con más de diez años de batería y una penetración hasta 10 dB mejor en sótanos y espacios subterráneos. A ellas se suman tecnologías de corto alcance, como Wi-Fi, que concentra cerca del 31 % de las conexiones, y Bluetooth de baja energía, con alrededor del 25%. Por su parte, el 5G de capacidad reducida aún tiene disponibilidad limitada, y las redes satelitales no terrestres prometen cobertura en zonas remotas y resiliencia ante desastres. La gestión de SIM globales con acceso a más de 760 redes, la eSIM y la iSIM, y las plataformas de conectividad y analítica completan una cadena de valor pensada para operar millones de equipos a distancia.
Un frente de especial interés para el sector eléctrico es la ciberseguridad. Los dispositivos conectados enfrentan contraseñas débiles, firmware desactualizado, comunicaciones sin cifrar, capacidad de cómputo limitada y ausencia de un estándar universal, con la dificultad añadida de una gestión totalmente remota. Frente a ello, desde el 1 de agosto de 2025 la normativa europea exige demostrar el cumplimiento de la serie EN 18031 para obtener el marcado CE, con tres requisitos esenciales: protección de la red, protección de datos personales y prevención del fraude. El texto también explica cómo el operador contribuye mediante mitigación de ataques de denegación de servicio, segmentación con redes privadas virtuales, identidad de dispositivo y actualizaciones de firmware autenticadas. En materia energética, se reporta que más de 600 millones de medidores inteligentes estaban instalados en el sector para 2025, y un caso de detección de fugas con NB-IoT muestra consumos de energía entre cinco y diez veces menores frente a 3G y 4G.
Los ocho casos de éxito aterrizan estas ideas en bicicletas eléctricas conectadas, terminales de pago, desfibriladores con llamada automática al 112, ascensores con meta de conectar el 100 % de sus productos en 2030, sensores acústicos de fugas de agua, localización de activos, logística con 4.650 envíos diarios y vehículos eléctricos con gestión de flota. Asimismo, se advierten retos que condicionan el despliegue: diferencias de madurez entre sectores, un volumen de datos enorme que exige procesar parte de la información en el borde, y la necesidad de fiabilidad y seguridad en infraestructuras críticas. Para los profesionales del sector energético colombiano, la lectura aporta criterios para elegir conectividad, proteger dispositivos y convertir datos de campo en decisiones, en favor de un sistema eléctrico confiable, sostenible y resiliente.
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