La contaminación del aire y la agricultura interactúan en doble vía. Las prácticas agrícolas liberan contaminantes a la atmósfera, mientras la exposición de cultivos y suelos a material particulado fino, ozono a nivel del suelo, dióxido de nitrógeno y otros compuestos deteriora fotosíntesis, crecimiento vegetal, fertilidad del suelo y resistencia de las plantas frente a plagas y enfermedades. Esta interacción también tiene consecuencias económicas importantes. Un aumento de 1% en la concentración de PM2.5 puede reducir la productividad total de los factores agrícolas en cerca de 0,104%, equivalente a alrededor de US$5.000 millones anuales sobre una producción bruta global cercana a US$5 billones por año. Además, la contaminación del aire podría explicar hasta 40% del cambio climático, mientras el aumento de temperaturas asociado a este proceso reduce productividad agrícola y agrava riesgos sobre la seguridad alimentaria.
La quema de residuos de cosecha aparece entre las fuentes más visibles. En 2021 alcanzó 402 millones de toneladas a escala global, 64% más que en 1961. Más de la mitad de esta biomasa quemada se concentró en siete países: China, India, Estados Unidos, Brasil, Rusia, Argentina e Indonesia. En Asia, China quemó cerca de 70 millones de toneladas al año e India registra una práctica intensiva en Punjab, Haryana y Uttar Pradesh, con alrededor de 23 millones de toneladas de rastrojo de arroz quemadas cada año solo en Punjab y Haryana. El gráfico de la página 10 también indica que China seguiría siendo el país con mayor quema en 2030, mientras Estados Unidos aumentaría su volumen y superaría a India. Por tipo de cultivo, el maíz fue el residuo más quemado en 2021 con 205 millones de toneladas, seguido de arroz con 91 millones y trigo con 88 millones. Esta práctica libera dióxido de azufre, óxidos de carbono y nitrógeno, amoníaco e hidrocarburos aromáticos policíclicos, además de metano y óxido nitroso. Solo las emisiones globales de metano y óxido nitroso por quema de residuos superaron 38 millones de toneladas de CO2 equivalente en 2021.
Otra fuente crítica corresponde a fertilizantes y plaguicidas. La producción mundial de fertilizantes sintéticos pasó de cerca de 20 millones de toneladas en 1950 a casi 190 millones en la actualidad, y el uso por hectárea de cultivo aumentó de 86 kg/ha en 2000 a 113 kg/ha en 2022. El gráfico de la página 16 muestra que Asia mantiene las mayores intensidades de uso, mientras África parte de niveles bajos pero crece. El amoníaco liberado por fertilizantes nitrogenados reacciona con SO2 y NOx para formar sulfato y nitrato de amonio, ambos componentes de PM2.5. La agricultura es responsable de más de 81% de las emisiones totales de NH3 en muchos países intensivos en agricultura, y estas emisiones explican 30% de toda la PM2.5 en Estados Unidos y en la cuenca del Ganges, 50% en Europa y entre 15% y 23% en China. También hay un aporte importante de la ganadería: a escala global, 66% de las emisiones de amoníaco provienen de la producción pecuaria y 33% del uso de fertilizantes nitrogenados. En plaguicidas, el consumo mundial aumentó 70% entre 2000 y 2022 hasta 3,7 millones de toneladas, con América como la región de mayor intensidad de aplicación y Brasil como principal usuario mundial en 2021. Estos compuestos pueden volatilizarse, transportarse largas distancias y contribuir tanto a toxicidad directa como a formación secundaria de PM2.5 y ozono.
Las operaciones pecuarias, el manejo de estiércoles, la alteración del suelo y la deforestación amplían aún más el problema. La ganadería emite amoníaco, metano, óxido nitroso, polvo y otras partículas; el tipo de animal, la dieta, el sistema de alojamiento y el manejo del estiércol modifican la intensidad y composición de estas emisiones. El texto menciona problemas visibles en zonas de producción intensiva como Central Valley en California y áreas porcinas del norte de China. Asimismo, el laboreo, la cosecha y la erosión eólica liberan polvo fino, especialmente en regiones áridas y semiáridas. También se resalta que la maquinaria agrícola y la deforestación mediante roza y quema intensifican emisiones y degradación del suelo. La respuesta propuesta integra subsidios, incentivos, regulación, tecnologías de agricultura de precisión, fertilizantes de liberación controlada, mejor eficiencia en el uso de nitrógeno, manejo mejorado de estiércoles, filtros, barreras vegetales, prácticas de cero labranza, uso de coberturas, valorización de residuos, educación a productores y colaboración entre gobiernos, sector privado y organizaciones sociales.
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