El panorama energético mundial durante 2025 refleja una etapa de transformación caracterizada por un crecimiento moderado de la demanda acompañado de cambios profundos en la composición de las fuentes de suministro. Aunque el consumo global de energía aumentó un 1,3 %, este ritmo fue inferior al registrado el año anterior debido a una combinación de factores, entre ellos un menor dinamismo de las industrias intensivas en energía, temperaturas menos extremas que redujeron las necesidades de refrigeración y avances más acelerados en eficiencia energética. Sin embargo, esta desaceleración no implicó una disminución de la actividad del sector, sino una redistribución de las fuentes que respaldan el crecimiento de la demanda. La energía solar fotovoltaica se convirtió por primera vez en la mayor contribuyente individual al incremento del consumo energético mundial, seguida por el gas natural, mientras que el conjunto de tecnologías de bajas emisiones aportó cerca del 60 % del crecimiento total. Este comportamiento evidencia una transición progresiva hacia sistemas energéticos más diversificados, donde las energías renovables, la energía nuclear y otras alternativas con menores emisiones adquieren una participación cada vez mayor sin desplazar completamente a los combustibles fósiles, cuya demanda continuó aumentando, aunque a un ritmo considerablemente menor que en años anteriores. Al mismo tiempo, la evolución regional mostró diferencias importantes. China mantuvo la mayor participación en el crecimiento de la demanda mundial, aunque su expansión fue significativamente más lenta debido al fortalecimiento de las energías renovables y a mejoras en la intensidad energética. En contraste, Estados Unidos registró uno de los mayores incrementos de consumo desde comienzos del siglo, impulsado por un invierno más frío, el crecimiento industrial y el rápido aumento del consumo eléctrico asociado con los centros de datos.
Además de los cambios observados en la demanda energética, el comportamiento del sistema eléctrico confirmó una tendencia que se viene consolidando durante los últimos años: la electricidad continúa expandiéndose mucho más rápido que el consumo total de energía. La demanda eléctrica aumentó cerca de un 3 %, impulsada por la actividad industrial, los edificios comerciales, los hogares y nuevas aplicaciones tecnológicas, entre las cuales destacan los vehículos eléctricos y los centros de datos vinculados al desarrollo de la inteligencia artificial. Aunque estos últimos todavía representan una fracción relativamente reducida del consumo total, su crecimiento resulta especialmente acelerado y comienza a modificar la planificación de la infraestructura eléctrica. Simultáneamente, la generación renovable alcanzó nuevos máximos históricos. La producción solar fotovoltaica registró el mayor incremento anual observado para cualquier tecnología de generación eléctrica fuera de periodos de recuperación económica excepcional, mientras que la capacidad renovable instalada alcanzó aproximadamente 800 GW, con una participación dominante de la energía solar. A ello se sumó la expansión del almacenamiento mediante baterías, cuya capacidad instalada creció alrededor del 40 %, además del avance continuo de la energía nuclear y de la generación eólica. Como resultado, el aumento conjunto de las energías renovables y la generación nuclear superó completamente el crecimiento de la producción eléctrica mundial, permitiendo incluso una ligera reducción de la generación basada en combustibles fósiles. Pese a ello, estos últimos continúan representando más de la mitad de la generación eléctrica global, situación que evidencia que la transición energética avanza de manera gradual mientras se mantienen desafíos relacionados con la flexibilidad operativa, la disponibilidad de respaldo para fuentes variables y la resiliencia frente a condiciones climáticas adversas.
Entretanto, el comportamiento de los distintos combustibles mostró trayectorias diferenciadas que responden tanto a transformaciones estructurales como a factores coyunturales. La demanda de petróleo continuó creciendo, aunque con una desaceleración sostenida favorecida por la electrificación del transporte terrestre, el incremento en las ventas de vehículos eléctricos y la mayor utilización de biocombustibles. En China, el consumo destinado al transporte prácticamente dejó de crecer debido a la rápida incorporación de automóviles eléctricos, mientras que el uso petroquímico permaneció como el principal motor del aumento de la demanda. El gas natural también registró un crecimiento más moderado debido a precios elevados durante parte del año y a una menor actividad industrial; aun así, mantuvo una función importante para atender mayores necesidades de calefacción en economías avanzadas y respaldar la generación eléctrica cuando las condiciones meteorológicas redujeron la producción eólica e hidroeléctrica. El carbón, por su parte, apenas aumentó su consumo global, afectado por la expansión renovable en China e India, aunque en Estados Unidos recuperó participación temporalmente debido al reemplazo parcial del gas natural en la generación eléctrica.
Las emisiones mundiales de dióxido de carbono asociadas a la energía continuaron creciendo, aunque el incremento fue limitado a aproximadamente un 0,4 %, manteniendo la tendencia de desaceleración observada durante los últimos años. A pesar de ello, el volumen total alcanzó un nuevo máximo histórico, lo que confirma que la reducción absoluta de emisiones todavía constituye un reto considerable. Las condiciones meteorológicas desempeñaron una influencia significativa, especialmente mediante inviernos más fríos, menores aportes hidroeléctricos y reducciones temporales de la generación eólica, circunstancias que incrementaron el uso de combustibles fósiles en diversas regiones. No obstante, la expansión acelerada de tecnologías limpias permitió evitar una cantidad sustancial de consumo de combustibles fósiles y de emisiones adicionales de carbono. Desde 2019, el despliegue de energía solar, eólica, nuclear, vehículos eléctricos y bombas de calor ha evitado el consumo anual equivalente a cerca del 7 % de los combustibles fósiles utilizados en el mundo y aproximadamente el 8 % de las emisiones globales de dióxido de carbono. Estos resultados muestran que la transición energética continúa avanzando mediante una combinación de electrificación, innovación tecnológica, mejoras en eficiencia y expansión de fuentes de bajas emisiones, aunque persisten desafíos relacionados con la creciente demanda eléctrica, la integración de recursos variables y la reducción definitiva de las emisiones globales.
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