La evolución de los mercados laborales de América Latina y el Caribe muestra una recuperación después de la pandemia, aunque persisten diferencias profundas entre la cantidad y la calidad del empleo. El Índice de Mejores Trabajos permite observar esta dinámica mediante cuatro indicadores ponderados por igual: participación laboral, ocupación, formalidad y salarios suficientes. Entre 2010 y 2024, el índice agregado avanzó gradualmente y posteriormente recuperó los niveles previos. Sin embargo, la mejora no ha sido homogénea. Mientras la dimensión de cantidad mantiene valores relativamente altos, alrededor de 74 a 75 puntos, la calidad continúa rezagada. En 2024, esta última alcanzó 40,6 puntos, su máximo desde el inicio de la medición, pero todavía refleja una alta informalidad y bajos ingresos. Por tanto, la recuperación de puestos de trabajo no equivale necesariamente a una mejora equivalente de las condiciones laborales.
A partir de esta situación, la informalidad aparece como una limitación estructural vinculada con salarios reducidos, pobreza, desigualdad y menor productividad. Además, las diferencias entre países muestran que un mayor volumen de empleo no garantiza mejores condiciones laborales. Uruguay lidera el índice regional con 72,2 puntos y lidera en calidad, mientras Chile, Brasil, Costa Rica y Argentina también registran desempeños superiores al promedio regional. En contraste, Honduras, Guatemala, Nicaragua y Perú presentan niveles inferiores, especialmente en formalidad y suficiencia salarial. Colombia alcanza su máximo histórico y supera el nivel previo a la pandemia, aunque la dimensión de calidad permanece por debajo de 50 puntos. Los resultados nacionales también evidencian trayectorias diferentes. Esta heterogeneidad exige políticas diferenciadas, adaptadas a las estructuras productivas y sensibles a cada mercado laboral.
Junto con las diferencias territoriales, las brechas entre grupos muestran que la recuperación no se distribuye de manera equitativa. La desigualdad de género persiste en todos los países y es especialmente visible en participación y ocupación, donde los hombres presentan niveles superiores a las mujeres. En 2024 todavía alcanza 21 puntos, con diferencias considerables entre países. De manera similar, los jóvenes enfrentan una desventaja persistente frente a los adultos. La brecha generacional llegó a 12,6 puntos durante la pandemia y descendió hasta 9,9 puntos en 2024, pero continúa reflejando dificultades para acceder a empleos formales y mejor remunerados. Así, mejorar los indicadores agregados requiere atender simultáneamente las barreras de acceso y las condiciones de permanencia dentro del empleo, particularmente para mujeres y jóvenes, considerando sus necesidades específicas.
Frente a estas condiciones, las perspectivas sobre el futuro del trabajo adquieren especial relevancia debido a la transformación productiva asociada con tecnologías digitales, inteligencia artificial y nuevas demandas de habilidades. La adopción de IA puede elevar la productividad, transformar procesos y favorecer la creación de ocupaciones de mayor calidad, pero requiere facilitar el acceso tecnológico de las empresas, especialmente las pequeñas, y fortalecer ecosistemas que conecten empresas, centros de formación y gobiernos. Al mismo tiempo, los sistemas de capacitación necesitan incorporar habilidades digitales, tecnológicas y verdes, además de utilizar herramientas de IA para identificar brechas de capacidades y mejorar la intermediación laboral. De este modo, las políticas públicas y laborales deben combinar formalización, formación, inclusión y productividad, utilizando información comparable para orientar decisiones. La evidencia muestra que recuperar el empleo constituye solo una parte del proceso: mejorar su calidad, reducir desigualdades y preparar a trabajadores y empresas para la transformación tecnológica resulta indispensable para avanzar de forma sostenida en la región hacia mercados laborales regionales más productivos, inclusivos y sostenibles.
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