El crecimiento acelerado de la población, la urbanización y el aumento del consumo han intensificado la presión sobre los sistemas de gestión de residuos en Medio Oriente y el Norte de África. En este contexto, la generación de desechos supera la capacidad instalada para su recolección, tratamiento y disposición, lo que deriva en impactos ambientales, sociales y económicos persistentes. A diferencia de otras regiones, el volumen de residuos por habitante se sitúa por encima del promedio mundial, lo que amplifica los riesgos asociados a prácticas inadecuadas de manejo.
En primer lugar, la estructura actual de los flujos de residuos revela una fuerte dependencia de la disposición final en vertederos, muchos de ellos sin controles suficientes. Aunque los niveles de recolección resultan relativamente altos en varios países, una proporción considerable de los residuos termina siendo quemada, abandonada o depositada en sitios abiertos. Como consecuencia, se intensifican la contaminación del suelo, del agua y del aire, además de incrementarse las emisiones de metano provenientes del sector residuos. A esto se suma el deterioro de la salud pública y la afectación de actividades económicas como el turismo y la pesca. Por otro lado, la composición de los residuos muestra un predominio de fracciones orgánicas, acompañado de porcentajes relevantes de materiales reciclables como plásticos, papel, vidrio y metales. Sin embargo, estas características no se traducen en esquemas efectivos de valorización. La reutilización, el reciclaje y el compostaje permanecen en niveles reducidos, lo que implica una pérdida sistemática de recursos con potencial económico. Al mismo tiempo, el desperdicio de alimentos alcanza cifras elevadas, generando costos financieros significativos y tensiones adicionales sobre la seguridad alimentaria regional.
En cuanto a la gobernanza, los marcos normativos existen en la mayoría de los países, aunque su aplicación enfrenta limitaciones notorias. La fragmentación institucional, la débil coordinación entre niveles de gobierno y las restricciones financieras dificultan la implementación de políticas coherentes. A pesar de ello, se observan diferencias marcadas entre países de altos ingresos, economías de ingreso medio y contextos afectados por fragilidad o conflicto, lo que exige enfoques diferenciados. Mientras algunos cuentan con capacidades técnicas y fiscales para avanzar hacia esquemas más sofisticados, otros priorizan la provisión básica de servicios. Asimismo, el sector informal cumple una función relevante en la recuperación de materiales, especialmente en entornos urbanos donde los sistemas formales no alcanzan cobertura suficiente. Aunque esta actividad genera ingresos y reduce la presión sobre los vertederos, suele desarrollarse en condiciones precarias, sin reconocimiento institucional ni protección social. Integrar gradualmente a estos actores en sistemas más amplios permitiría mejorar la eficiencia operativa y, al mismo tiempo, fortalecer la inclusión social.
Desde una perspectiva comparativa, el desempeño regional se sitúa por debajo de referentes internacionales en términos de tratamiento y aprovechamiento de residuos. No obstante, las proyecciones muestran que existen trayectorias viables de mejora hacia 2050. Dichas trayectorias combinan incrementos en la inversión, mejoras en la eficiencia del gasto y reformas orientadas a la recuperación de costos. Paralelamente, la adopción progresiva de principios de economía circular abre oportunidades para reducir volúmenes, transformar residuos en insumos productivos y disminuir la presión sobre los recursos naturales. En este sentido, mecanismos como la responsabilidad extendida del productor, los esquemas de asociación público-privada y los instrumentos económicos para incentivar la reducción y separación en la fuente adquieren relevancia. Aun así, su efectividad depende del contexto institucional y de la aceptación social. Por ello, la sensibilización ciudadana, la transparencia y la rendición de cuentas aparecen como componentes necesarios para sostener cambios en el tiempo.
La gestión de residuos en la región enfrenta desafíos complejos, aunque también dispone de márgenes amplios para evolucionar. A través de estrategias diferenciadas, coordinación institucional y una transición gradual hacia modelos circulares, es posible mitigar impactos negativos, generar empleo y avanzar hacia sistemas más sostenibles y resilientes.
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