El debate sobre la infraestructura digital entra en una fase decisiva: a medida que la inteligencia artificial se integra en salud, finanzas, educación y servicios públicos, la demanda de electricidad y agua de los centros de datos se acelera y tensiona sistemas que ya enfrentan sequías, picos de carga y permisos lentos. Una propuesta reciente de la comunidad del Foro Económico Mundial sitúa el reto en clave de convergencia: crecer sin rebasar los límites planetarios. El documento destaca que, de aquí a 2030, el consumo eléctrico de los centros de datos podría más que duplicarse y el uso de agua aumentar en torno a 50 %, por lo que la expansión debe ir de la mano de soluciones técnicas y de política pública para proteger la resiliencia de comunidades y redes. La primera prioridad es recuperar calor residual con retornos financieros atractivos en instalaciones a partir de 7 MW; la segunda, asegurar energía y agua en sitio con renovables, almacenamiento y microredes, reduciendo dependencia de redes y acueductos estresados. El enfoque vincula además la planificación de suelo y licenciamiento con métricas de impacto que midan beneficios locales —empleo, eficiencia térmica, reducción de vertimientos— junto con seguridad y costos del sistema.
La tercera prioridad se orienta a economía circular del agua: desde circuitos cerrados y enfriamiento líquido hasta reuso y reposición en cuencas donde opere el campus digital. Esto implica inversiones en medición en tiempo real, tratamiento y calidad, con reportes verificables para fortalecer la licencia social y la transparencia. La cuarta y quinta prioridades llaman a reforzar independencia operativa y resiliencia: capacidad de operación isla en eventos extremos, gestión activa de la demanda y contratos que premien flexibilidad —por ejemplo, con curtailment planificado o ventanas horarias—, de forma que el crecimiento digital sume firmeza y servicios de red en lugar de cargar costos a otros usuarios. En paralelo, se sugiere capturar calor para usos urbanos e industriales, con esquemas tarifarios y de cofinanciación que hagan bancables estas sinergias entre lo digital y lo térmico.
Para los reguladores y las empresas de energía, el mensaje práctico es que la evaluación de proyectos incorpore condiciones de conexión y desempeño hídrico‑energético, alineadas con metas de descarbonización y con la protección del usuario final. La convergencia no es solo tecnológica: requiere instrumentos contractuales —tarifas de grandes cargas con criterios de costo causal, participación comunitaria y compromisos de circularidad— y una gobernanza de datos que permita monitorear efectos reales en red y cuencas. Con estos principios, la infraestructura digital puede aportar resiliencia y desarrollo local, evitando que el auge de IA derive en cuellos de botella de energía y agua o en subsidios cruzados regresivos. El horizonte es operar centros de datos que sean a la vez activos eléctricos flexibles y ciudadanos hídricos responsables, integrados a la planeación urbana y a los planes de expansión de transmisión
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