La red eléctrica de Estados Unidos entra en una etapa de crecimiento de carga que plantea nuevos retos para conectar grandes clientes. ICF proyecta que la demanda nacional de electricidad aumentará 39% hacia 2035 y que la demanda pico crecerá 25% en el mismo periodo.
La pregunta no es solo cuánta carga puede absorber el sistema, sino qué tan rápido se suma. Estados y empresas de servicios públicos desarrollan procesos para mejorar las conexiones de grandes cargas a transmisión y distribución.
Aunque la demanda sin precedentes de la inteligencia artificial y los centros de datos detonó esos esfuerzos, sus efectos llegan a otro segmento en expansión: las flotas de vehículos eléctricos medianos y pesados. Sus operadores se electrifican por metas corporativas y estatales, además de beneficios de costos y operación, y cumplirlas depende del acceso a capacidad de red y de la eficiencia del proceso de energización.
El ICCT estima que para 2035 podrían circular hasta 2,47 millones de estos vehículos y que se necesitarían hasta 960.000 cargadores. Por eso la conexión de carga se vuelve parte central de la ecuación, y los reguladores estatales están en posición única para resolverla.
Cada flota opera de forma distinta. Las de recorrido local tienen bajo kilometraje diario, rutas predecibles y regresan a un depósito, como los buses de transporte público y el reparto urbano. Las regionales recorren distancias moderadas a altas dentro de un área definida y combinan carga en depósito y en ruta, como el transporte regional de carga y la distribución de alimentos y bebidas.
Las de largo recorrido cruzan regiones y varios estados, como los camiones de carga Clase 8, y necesitan carga de alta potencia en sitios estratégicos de los corredores de carga.
Catelyn Sweeney, de IREC, sostiene que el ritmo de electrificación depende de qué tan rápido se energicen los cargadores y que los reguladores tienen varias opciones para superar las barreras.
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