La descarbonización de la industria y el desarrollo de los sistemas de inteligencia artificial exigen más electrificación.
Es una realidad que el sistema energético mundial debe progresivamente alejarse del uso del carbón, el petróleo y el gas. Si la transición energética requiere distanciarse de los combustibles fósiles, ello significa ampliar significativamente el papel de la electricidad en las economías, lo que exige el respaldo de redes más capaces, resilientes e inteligentes.
Además, las redes son motor de competitividad pues conectan nuevas renovables, menor coste que los combustibles fósiles, y nueva demanda, más entre los que repartir el coste.
Más inversión en redes redunda en abaratar el suministro. Sin embargo, no hay suficiente análisis de las necesidades de invertir en redes para integrar las renovables y atender las nuevas electrificaciones.
Los problemas que los retrasos en el aumento y transformación de las redes eléctricas provocan a la sociedad y al proceso de transición energética no están en consonancia con la atención que la sociedad presta a las redes eléctricas. Las redes eléctricas integran la generación flexible, la generación intermitente centralizada y distribuida procedente de las energías renovables, las opciones de almacenamiento como las baterías y la energía hidráulica almacenable, la demanda industrial y doméstica y el suministro a puntos de recarga de vehículos eléctricos. Las empresas y los hogares no sólo consumen, sino que también inyectan electricidad a la red, mientras que los vehículos eléctricos requieren una infraestructura de puntos de recarga y pueden inyectar energía en los hogares y en la red.
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