El Centro de Energía de la ASEAN sostiene que los biocombustibles se han convertido en una herramienta inmediata para reducir importaciones de petróleo y respaldar agricultura doméstica, pero advierte que la resiliencia energética regional no puede limitarse a aumentar porcentajes de mezcla. El artículo parte de un contexto de turbulencia geopolítica, choques de suministro y volatilidad de precios, donde los biocombustibles aparecen como un amortiguador para el transporte por carretera gracias a su compatibilidad con vehículos e infraestructura existentes. En los escenarios del mapa de ruta renovable de largo plazo de la ASEAN, biodiésel y bioetanol seguirán desempeñando un papel importante mientras la adopción de vehículos eléctricos avanza de forma desigual y relativamente lenta en muchos mercados. Incluso después de 2030, la visión no es de sustitución plena, sino de crecimiento paralelo entre electrificación y biocombustibles.
El texto reconoce logros concretos de los biocombustibles de primera generación. Han reemplazado parte del diésel y la gasolina importados, diversificado la mezcla de combustibles, apoyado industrias de procesamiento local y creado ingresos en la cadena agrícola. Indonesia se presenta como ejemplo, con su mandato B40 y un uso de biodiésel en 2025 de alrededor de 14.200 millones de litros, asociado a una reducción aproximada de 3.300 millones de litros en importaciones de diésel. Pero el artículo plantea la pregunta decisiva: ¿escalar biocombustibles de base agrícola hace a la ASEAN más resiliente o introduce nuevas vulnerabilidades? A medida que se expanden los mandatos, crecen también las tensiones sobre costos, sostenibilidad, uso del suelo y competencia con otros objetivos productivos.
La conclusión es que la seguridad energética no debe medirse solo por menor dependencia petrolera, sino por la robustez integral del sistema. Si el aumento de biocombustibles presiona tierras, agua, cadenas alimentarias o presupuestos públicos, la región puede sustituir una fragilidad por otra. De ahí el llamado a construir resiliencia más allá de la mezcla obligatoria, fortaleciendo gobernanza, sostenibilidad de materias primas, diversificación tecnológica y capacidad para convivir con electrificación futura. Para agendas de convergencia, el caso es ejemplar porque une política agrícola, seguridad energética, transición de transporte y sostenibilidad territorial. La región necesita combustibles renovables hoy, pero también necesita evitar que una respuesta de corto plazo comprometa estabilidad económica y ambiental de largo plazo.
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