La inteligencia artificial sigue siendo protagonista indiscutible de cualquier corrillo tecnológico que se precie. Sin embargo, tras dos años marcados por un entusiasmo casi desbocado por su modalidad generativa, las conversaciones sobre ella han experimentado un giro significativo en los últimos meses.
El interés se centra ahora en el auge de los agentes de IA, al ser por ahora la forma más directa de aplicarla a procesos concretos y con un objetivo específico. Los anuncios en este sentido por parte de las empresas se han disparado, aunque no todos se ajustan a lo que deberían ser: programas que interactúan con su entorno de forma autónoma, capaces de aprender, adaptarse y tomar decisiones sin la intervención humana.
Al margen de estas consideraciones, y tras el tirón inicial, comienza un ciclo que deja atrás el “pico de expectativas” para adentrarse en el “valle de la desilusión”. Una fase más prudente, que se caracteriza por un aumento de los esfuerzos destinados a construir infraestructuras y modelos que funcionen a escala y faciliten un uso real por parte de las empresas.
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