World Resources Institute muestra cómo varias ciudades africanas están ampliando el concepto de infraestructura para incluir humedales, bosques urbanos, parques y jardines de lluvia como barreras frente al cambio climático. El texto parte del caso de Kinshasa, donde lluvias torrenciales en abril de 2025 inundaron más de la mitad de la ciudad, destruyeron más de mil viviendas y desplazaron a miles de personas. El episodio sintetiza una vulnerabilidad extendida: el crecimiento urbano reemplaza suelos naturales por concreto y asfalto, reduce amortiguadores ecológicos y aumenta exposición a inundaciones, islas de calor y contaminación. WRI sostiene que la infraestructura gris por sí sola resulta costosa e insuficiente ante eventos cada vez más extremos.
La publicación destaca que entre 2012 y 2022 los proyectos de infraestructura basada en naturaleza en África crecieron alrededor de 15% anual. En ese marco, ciudades como Addis Abeba y Dire Dawa están incorporando corredores verdes, restauración de cuencas y protección de humedales para enfriar barrios, mejorar la calidad del aire y reducir escorrentías. El artículo recuerda que hacia 2100 hasta 950 millones de africanos urbanos podrían estar expuestos a olas de calor extremas agravadas por el efecto de isla térmica. Por eso, árboles, parques y suelos permeables dejan de ser elementos paisajísticos y pasan a verse como activos funcionales de adaptación, con beneficios adicionales en biodiversidad, salud pública y cohesión social.
Para la agenda de convergencia entre planeación urbana, sostenibilidad y servicios públicos, el mensaje es relevante. Las ciudades no solo deben expandir drenajes y reforzar obras civiles; también necesitan proteger y restaurar sistemas naturales que prestan servicios equivalentes o complementarios. Eso exige nuevas capacidades institucionales, financiamiento mixto y métricas que permitan valorar beneficios evitados en daños, salud y movilidad. La experiencia africana ayuda a desmontar la idea de que la infraestructura natural es secundaria o experimental. Más bien, aparece como una respuesta escalable para ciudades que crecen rápido y tienen limitaciones presupuestales. Integrar naturaleza en la red de infraestructura urbana puede ofrecer adaptación más distribuida, menor costo de largo plazo y mayor resiliencia social, especialmente en zonas periféricas donde se concentra la población más expuesta.
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