La logística es un motor esencial para el crecimiento económico, pero su impacto ambiental exige una transformación profunda en la forma en que se transportan mercancías. En Brasil, el sistema de transporte de carga se caracteriza por una marcada dependencia de la carretera, lo que genera altos costos logísticos, congestión, consumo intensivo de diésel y más de la mitad de las emisiones del sector transporte. Esta situación, sumada al envejecimiento de la flota y a las ineficiencias operativas, eleva la urgencia de avanzar hacia un modelo más eficiente y de bajas emisiones.
Para responder a este desafío, se propone un enfoque integrado que combina cuatro estrategias complementarias. La primera es la reorientación de carga hacia modos de menor intensidad de carbono, en particular ferrocarril y cabotaje, lo que requiere inversiones en infraestructura y reformas regulatorias que faciliten la competencia y la interoperabilidad. Iniciativas como el programa Pró-Trilhos y BR do Mar son ejemplos de políticas que buscan ampliar la capacidad ferroviaria y la oferta de transporte marítimo de cabotaje, favoreciendo el movimiento de cargas a largas distancias con menor huella de carbono. La segunda estrategia es la reducción de cargas vacías, que representan un desperdicio económico y ambiental considerable. Más del 80 % de las empresas de transporte reporta trayectos sin carga, lo que incrementa los costos y las emisiones. La adopción de plataformas digitales de carga compartida, la coordinación entre empresas y el desarrollo de operaciones de retorno pueden mejorar la utilización de activos y reducir hasta un 14 % las emisiones en algunos corredores estratégicos. El tercer pilar es la mejora de la eficiencia energética de los vehículos. La edad promedio de los camiones supera los 15 años, lo que implica mayor consumo de combustible y emisiones por tonelada transportada. Programas de renovación de flota, acompañados de estándares más estrictos de emisiones y eficiencia, pueden reducir el uso de diésel y mejorar la competitividad del transporte. También es necesario modernizar el parque ferroviario y de cabotaje para incrementar su rendimiento energético. La cuarta estrategia es la adopción de combustibles alternativos. Brasil cuenta con experiencia en biocombustibles y puede ampliar su uso para sustituir parcialmente el diésel en el corto plazo. A largo plazo, la electrificación de camiones pesados y el uso de hidrógeno representan oportunidades para descarbonizar por completo el transporte de carga. Aunque estas tecnologías requieren inversiones altas y desarrollo de infraestructura de soporte, su potencial de mitigación es considerable y será indispensable para cumplir con metas de neutralidad de carbono hacia 2050.
Los análisis de escenarios muestran que ninguna de estas estrategias, implementada de manera aislada, logra reducciones sostenidas de emisiones. El cambio modal genera beneficios iniciales, pero su impacto se diluye a medida que crece la demanda de transporte. Solo al combinarlo con la transición energética de la flota y la adopción de prácticas de eficiencia logística es posible mantener una trayectoria descendente de emisiones en el largo plazo. La integración de estas acciones no solo reduce gases de efecto invernadero, sino que mejora la competitividad de las exportaciones, disminuye costos logísticos y fortalece la resiliencia del sistema ante crisis energéticas. Así, la descarbonización del transporte de carga se convierte en una oportunidad para impulsar un modelo de desarrollo más sostenible, donde crecimiento económico y sostenibilidad ambiental avanzan de manera conjunta.
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