La transición de sostenibilidad ha entrado en una fase más exigente. Durante la última década se organizó en torno a compromisos y metas globales; hoy se inserta de forma directa en la asignación de capital, la estrategia y el posicionamiento competitivo. El entorno de crecimiento más lento, fragmentación geopolítica, disrupción tecnológica y riesgos climáticos y de naturaleza más visibles no ha detenido el avance, pero sí ha hecho que el progreso sea más desigual entre sectores, mercados y geografías. El outlook inaugural del Foro Económico Mundial, basado en una encuesta a 103 directores de sostenibilidad de una comunidad de 189 líderes de grandes empresas, captura esa realidad operativa desde la perspectiva de quienes deben traducir la sostenibilidad en decisiones de negocio.
En el corto plazo, el 63 % de los encuestados espera que el progreso global se mantenga estable o se acelere, y tres de cada cuatro anticipan que las inversiones corporativas vinculadas a la transición no se reducirán. Al mismo tiempo, el 78 % prevé que las condiciones de seguridad y geopolítica ejercerán un lastre significativo, junto con señales de política inconsistentes y un multilateralismo más débil. Dentro de las empresas, alrededor de dos tercios de los líderes del C-suite siguen viendo la sostenibilidad principalmente a través de un lente de cumplimiento, aunque crece el reconocimiento de su aporte a la creación de valor. El desafío de ejecución consiste en integrar esa oportunidad en la toma de decisiones operativas bajo presiones de desempeño de corto plazo.
A tres años vista, el impulso se espera más de imperativos comerciales, tecnológicos y de resiliencia que de la coordinación multilateral. El caso de negocio más claro y las tecnologías más baratas y disponibles aparecen como los principales aceleradores. La inteligencia artificial ilustra la necesidad de juicio práctico: casi tres cuartas partes de los encuestados esperan que apoye el avance de las metas de sostenibilidad mediante modelado de riesgos, eficiencia de procesos y recursos, y medición y reporte, pero el 77 % identifica la intensidad energética y de recursos de su infraestructura como el impacto negativo más relevante. La adaptación refleja el mismo desplazamiento hacia la ejecución. El 85 % espera que se convierta en un mayor foco global y el 77 % coincide en que la inversión privada será decisiva, aunque el 62 % señala evaluaciones inciertas de costo-beneficio como restricción central, lo que exige estructuras invertibles, mecanismos de compartición de riesgo y modelos de ingreso o recuperación más claros.
El patrón que emerge es una divergencia verde: el momentum comercial y tecnológico avanza con fuerza en sectores y mercados seleccionados, mientras la volatilidad de política, la fragmentación geopolítica y los flujos de capital desalineados persisten en otros. El liderazgo depende cada vez menos de la ambición declarada y más de la capacidad de implementar el cambio. La sostenibilidad deja de ser solo un compromiso y se convierte en una capacidad que debe integrarse en el crecimiento, la competitividad y la resiliencia.
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