La transformación del sistema eléctrico hacia uno más inteligente y sostenible requiere integrar la flexibilidad como una práctica cotidiana. A medida que hogares, empresas y comunidades electrifican sus actividades, desde el transporte hasta la climatización, surgen nuevas oportunidades para aprovechar recursos distribuidos como paneles solares, baterías, cargadores de vehículos eléctricos o sistemas de calefacción inteligentes. Sin embargo, para que estos recursos generen beneficios tanto individuales como sistémicos, es necesario que las decisiones relacionadas con su uso sean sencillas y habituales.
El uso flexible de la electricidad permite responder a señales externas, como precios o condiciones de red, ajustando el consumo o la generación de forma dinámica. Esta capacidad resulta especialmente útil en un contexto marcado por la variabilidad climática, el crecimiento de las fuentes renovables y una demanda más compleja. A través de una gestión adecuada, se pueden reducir emisiones, mejorar la resiliencia ante interrupciones, y disminuir los costos tanto para los usuarios como para el sistema en general. La propuesta parte de la premisa de que los propietarios de los recursos flexibles son quienes mejor conocen sus necesidades y preferencias, por lo que deben tener acceso a la información, incentivos y capacidades necesarias para tomar decisiones que optimicen el valor de sus activos. En este sentido, se identifican cinco áreas donde la flexibilidad puede generar impactos significativos: reducción de costos diarios de energía, disminución de los gastos de conexión a la red, posibilidad de obtener ingresos mediante la comercialización de servicios, fortalecimiento de la confiabilidad y resiliencia del suministro, y contribución a la sostenibilidad mediante una menor huella de carbono.
No obstante, a pesar del potencial que ofrece la flexibilidad, su adopción sigue enfrentando múltiples barreras. Elegir productos eléctricos que se adapten a las necesidades del usuario requiere tiempo, información y asistencia técnica especializada. A esto se suma la falta de señales de precio claras, interoperabilidad limitada entre dispositivos y sistemas, procesos de instalación poco estandarizados, y dificultades para acceder a financiamiento, especialmente para ciertos grupos como los arrendatarios. Para superar estos desafíos, se plantea un enfoque estructurado en cuatro etapas: descubrir, evaluar, habilitar y operar. En la primera, las personas deben conocer que existen soluciones de flexibilidad. En la segunda, se analizan las opciones disponibles y se toman decisiones de inversión. La tercera implica la adquisición, instalación y puesta en marcha de los recursos flexibles. En la última etapa, se hace uso efectivo de estas soluciones, incluyendo la respuesta a señales externas o la resolución de problemas.
La coordinación entre actores del ecosistema eléctrico es un aspecto decisivo para que este recorrido sea más accesible. Tanto las empresas distribuidoras como las entidades reguladoras, los proveedores tecnológicos, los instaladores y los propios consumidores deben actuar de manera conjunta para eliminar obstáculos, compartir aprendizajes, mejorar la calidad de los servicios, y generar estándares comunes. A ello se suma la necesidad de establecer procesos de monitoreo que permitan evaluar avances, ajustar estrategias y dar seguimiento a las tareas propuestas. Si bien no es posible anticipar con exactitud cómo será el sistema eléctrico del futuro, se sabe que incluirá una mayor participación de los usuarios, quienes tomarán decisiones energéticas cotidianas con base en información precisa, incentivos adecuados y herramientas interoperables. Para avanzar hacia esa visión, es indispensable garantizar que las soluciones de flexibilidad estén al alcance de todos, de forma transparente, simple y eficaz, promoviendo así una transición energética que contemple tanto los objetivos ambientales como el bienestar social y económico.
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