Food loss and waste in maize, potato, fresh fruits, and fish value chains in Kenya

La seguridad alimentaria en Kenia se enfrenta a una paradoja: mientras más de 15 millones de personas padecen hambre o tienen dificultades para acceder a una dieta adecuada, cerca del 40% de los alimentos producidos no llegan a ser consumidos. Esta situación refleja un desafío estructural, en el que las pérdidas y desperdicios de alimentos limitan el desarrollo social y económico, al tiempo que intensifican presiones ambientales como la degradación de suelos y las emisiones de gases de efecto invernadero. El análisis de las cadenas de valor de maíz, papa, frutas frescas y pescado muestra que las pérdidas no son homogéneas. En el caso del maíz, alimento básico que representa más de un tercio de la ingesta calórica de la población, los principales problemas se concentran en el almacenamiento. La humedad, las infestaciones de plagas y el secado inadecuado provocan deterioro y aflatoxinas, con consecuencias tanto económicas como de salud pública. En promedio, se estima que entre un 20 y 36% del maíz se pierde antes de ser consumido. Existen tecnologías para mitigar estas pérdidas, como el uso de bolsas herméticas o biocontroladores contra hongos, aunque su adopción se ve limitada por factores de costo, acceso y conocimiento.


La cadena de la papa también refleja limitaciones a lo largo de diferentes etapas. Las pérdidas oscilan entre 19 y 23%, y los puntos más críticos corresponden a la cosecha y el transporte. Las prácticas de recolección poco cuidadosas y el almacenamiento en condiciones inadecuadas generan daños físicos que reducen el valor de los tubérculos y fomentan el desperdicio en mercados minoristas. Aunque existen soluciones, como almacenamiento ventilado o tecnologías de enfriamiento, su implementación enfrenta barreras económicas y culturales. La venta inmediata tras la cosecha sigue siendo la práctica más común entre productores, lo que reduce incentivos para invertir en conservación. Las frutas frescas, por su carácter altamente perecedero, presentan los niveles más altos de pérdidas. En particular, el mango registra un rango de entre 17 y 56%, con etapas críticas en el comercio mayorista y minorista. El contraste entre los mercados domésticos y de exportación resulta significativo: mientras el consumo interno puede implicar pérdidas de hasta 35%, los envíos al exterior registran valores cercanos al 15%, gracias a controles más estrictos de calidad y logística. En el caso de la banana, las pérdidas rondan el 7–11%, y para el aguacate se ubican entre 15–35%. Las causas están ligadas a cosechas prematuras o tardías, falta de acceso a insumos, deficiencias en transporte y una débil articulación entre productores y mercados.


El pescado, por su alta perecibilidad, presenta variaciones importantes según la región. En el lago Victoria, las pérdidas son reducidas, mientras que en el lago Turkana alcanzan hasta 34%. La diferencia se explica por la infraestructura disponible, la temperatura ambiental y la limitada cadena de frío. En especies como la tilapia, las pérdidas de calidad son considerables, lo que afecta tanto el precio como la aceptación por parte de los consumidores. Más allá de los problemas específicos de cada producto, un desafío común es la falta de datos consistentes. La información disponible es fragmentada, basada en metodologías no estandarizadas y, en muchos casos, centrada únicamente en la cantidad, dejando de lado la calidad y el valor nutricional. Esto genera dificultades para diseñar políticas efectivas y para que los actores de la cadena establezcan metas concretas de reducción.


Aunque Kenia ha asumido compromisos internacionales, como el objetivo de reducir las pérdidas poscosecha en un 50% para 2025, todavía no existe un sistema sólido de monitoreo ni un marco de coordinación que unifique esfuerzos. La reciente Estrategia Nacional de Gestión de Pérdidas y Desperdicios (2024–2028) representa un avance, pero requiere de recursos, institucionalidad y mecanismos de evaluación que aseguren resultados. En este contexto, la adopción del enfoque “Target-Measure-Act” ofrece una ruta práctica. Establecer metas claras permite orientar la acción, medir de forma sistemática ayuda a identificar puntos críticos, y actuar con base en la evidencia fortalece las posibilidades de éxito. Asimismo, se necesitan intervenciones adaptadas a cada cadena: desde subsidios que faciliten la adopción de tecnologías de almacenamiento, hasta políticas de incentivo para la comercialización en mercados alternativos que absorban los excedentes. Por lo tanto, reducir las pérdidas y el desperdicio de alimentos en Kenia no solo aliviaría la inseguridad alimentaria, sino que también liberaría recursos, fortalecería ingresos de agricultores y contribuiría a mitigar impactos ambientales. La magnitud del desafío exige esfuerzos coordinados entre gobiernos, sector privado, investigadores y comunidades locales, bajo una visión que reconozca la interdependencia entre seguridad alimentaria, sostenibilidad y desarrollo económico.

Para leer más ingrese a:

https://www.wri.org/research/food-loss-and-waste-maize-potato-fresh-fruits-and-fish-value-chains-kenya

https://files.wri.org/d8/s3fs-public/2025-08/food-loss-and-waste-in-maize-potato-fresh-fruits-and-fish-value-chains-in-kenya.pdf

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