La evolución del hidrógeno de bajas emisiones en Colombia se sitúa en una fase intermedia entre la expectativa y la materialización, en la que convergen ventajas estructurales relevantes con limitaciones que ralentizan su despliegue. El país dispone de condiciones favorables como abundancia de recursos renovables, disponibilidad hídrica, localización estratégica y capacidades industriales existentes; sin embargo, estos atributos no se han traducido aún en proyectos a escala comercial. Mientras a nivel global se observa un tránsito progresivo hacia decisiones finales de inversión y construcción, en el contexto nacional predominan iniciativas piloto y desarrollos tempranos. De este modo, se configura una brecha entre el potencial identificado y la ejecución efectiva, lo que obliga a replantear la velocidad y los instrumentos de implementación para evitar rezagos frente a otras economías.
A su vez, el comportamiento internacional evidencia una expansión sostenida, aunque insuficiente frente a las metas de descarbonización. La capacidad proyectada a partir de proyectos con inversión asegurada muestra crecimientos significativos, acompañados por reducciones de costos y una mayor concentración en hubs industriales y portuarios. No obstante, persisten restricciones asociadas a la demanda, la financiación y la madurez tecnológica en ciertos usos, lo que también se refleja en el caso colombiano. De hecho, la mayoría de los proyectos nacionales, más de setenta anunciados, se encuentran en etapas de prefactibilidad o factibilidad, con apenas un número reducido en operación y dos en construcción a escala industrial. Este desbalance se acentúa al comparar las metas de electrólisis planteadas para 2030 con la capacidad efectivamente avanzada, revelando un desfase temporal cercano a una década según análisis multicriterio.
El país ha desarrollado un marco normativo relativamente robusto que incorpora incentivos tributarios, definiciones regulatorias y una hoja de ruta sectorial. Dichos instrumentos incluyen deducciones fiscales, exclusiones de IVA, depreciación acelerada y beneficios arancelarios, orientados a estimular la inversión en toda la cadena de valor. A pesar de este progreso, la regulación aún enfrenta retos en términos de estabilidad, claridad operativa y alineación con señales de mercado. Además, la necesidad de articular estos incentivos con mecanismos financieros más amplios resulta evidente, considerando que los proyectos requieren acompañamiento desde etapas tempranas hasta su consolidación comercial. En ese sentido, la movilización de recursos públicos y privados, junto con esquemas de mitigación de riesgos, se convierte en un componente indispensable para cerrar las brechas existentes.
Así, la consolidación del hidrógeno como vector energético depende de una combinación de acciones coordinadas que trasciendan el diseño normativo y se enfoquen en la ejecución. La estructuración de hubs regionales en zonas estratégicas, el desarrollo de infraestructura habilitante, la agilización de permisos y el fortalecimiento de la demanda interna en sectores como refinerías, fertilizantes y transporte constituyen elementos determinantes. Al mismo tiempo, la inserción en mercados internacionales exige competitividad en costos y confiabilidad en la oferta. Bajo este panorama, la dinámica global introduce una presión adicional, donde la ventaja no radica únicamente en la disponibilidad de recursos, sino en la capacidad de implementar proyectos con rapidez y eficiencia. Así, el tránsito hacia una economía del hidrógeno implica no solo capitalizar las condiciones naturales, sino también resolver cuellos de botella institucionales y financieros para transformar expectativas en resultados tangibles.
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