El sistema de transmisión estadounidense enfrenta una presión creciente por el aumento de la demanda, la acumulación de proyectos de generación en cola de interconexión, el envejecimiento de la infraestructura y la llegada de grandes cargas como los centros de datos. Según el Departamento de Energía, la capacidad de transmisión debería crecer un 57 % hacia 2035. Sin embargo, las nuevas líneas de transmisión greenfield suelen requerir entre cinco y quince años, enfrentan costos elevados y tropiezan con obstáculos de localización y permisos. En este contexto, las tecnologías avanzadas de transmisión ofrecen una vía más rápida y económica para liberar capacidad adicional sobre la red existente.
Estas tecnologías incluyen DLR, que ajustan la capacidad de las líneas según condiciones climáticas en tiempo real y pueden aportar alrededor de un 20 % adicional de capacidad; controles avanzados de flujo de potencia, que redistribuyen los flujos para reducir congestión y riesgos de confiabilidad; software de optimización topológica, que reconfigura de forma automática las trayectorias de flujo ante eventos extremos; y conductores avanzados de núcleo compuesto o de fibra de carbono, que transportan más potencia por unidad de peso. Su despliegue puede completarse en meses o en pocos años, con ratios beneficio-costo elevados. Estudios en Kansas y Oklahoma estiman ahorros anuales de congestión superiores a 175 millones de dólares con periodos de recuperación de alrededor de medio año. Experiencias internacionales, como la de National Grid en el Reino Unido, confirman ganancias de capacidad y ahorros significativos para los usuarios.
En Estados Unidos la adopción ha sido marginal. La regulación tradicional de costo de servicio recompensa las inversiones de capital intensivas y desincentiva las mejoras de eficiencia. A ello se suman la escasa familiaridad de los ingenieros de las empresas de energía con estas tecnologías y la inercia de los procesos de planificación. La autoridad federal sobre incentivos de transmisión limita el margen de los estados, que no controlan de forma directa las señales de inversión. Pese a ello, entre 2023 y julio de 2026, 23 estados aprobaron leyes que suelen exigir estudios de oportunidades de despliegue, autorizar la recuperación de costos y, en algunos casos, vincular estas tecnologías a la planificación de recursos o a la interconexión de grandes cargas.
El análisis de esas leyes y de las respuestas de comisiones y empresas de energía revela avances, pero también debilidades: estudios de alcance limitado, falta de marcos analíticos previos, insuficiente transparencia de datos y escasa neutralidad cuando el análisis queda a cargo de las propias empresas. Las recomendaciones apuntan a fijar de antemano marcos de evaluación, exigir contratación de terceros independientes, incorporar topología de red, patrones de congestión y condiciones climáticas locales, explorar incentivos financieros adicionales, simplificar permisos para mejoras en derechos de vía existentes y vincular el despliegue a la interconexión de grandes cargas. En conjunto, la legislación estatal constituye un paso relevante, pero su impacto dependerá de una implementación rigurosa y de la superación de las barreras de incentivos y capacidades técnicas que aún limitan la escala de estas tecnologías.
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