Durante el invierno 2025–2026, el sistema eléctrico norteamericano se enfrenta a un escenario en el que la demanda continúa incrementándose y la estructura de generación atraviesa transformaciones que exigen una preparación más rigurosa. Tras varios años de variaciones moderadas en el consumo, las proyecciones muestran un aumento de 20 GW respecto al invierno anterior, lo que implica mayores presiones sobre la capacidad instalada. Además, mientras la demanda crece, la composición de la oferta cambia debido al retiro progresivo de unidades térmicas y a la expansión de baterías y renovables, lo que introduce nuevos patrones de disponibilidad, especialmente en horas críticas de oscuridad y bajas temperaturas. De este modo, las regiones deben anticipar condiciones en las que los picos se extienden y dependen más de recursos despachables, almacenamiento o intercambios externos.
A medida que se analizan los posibles escenarios, se observa que la mayoría de las áreas cuentan con márgenes suficientes bajo condiciones meteorológicas típicas. No obstante, la experiencia de tormentas árticas recientes ha demostrado que los fenómenos extendidos pueden alterar esta situación con rapidez. Las olas de frío afectan tanto a la demanda como a la capacidad de los generadores, dado que la infraestructura térmica, las turbinas eólicas y los sistemas de transporte de gas se vuelven más vulnerables. Por ese motivo, el riesgo se acentúa cuando varias regiones experimentan simultáneamente temperaturas extremas, debido a que la disponibilidad de asistencia externa se reduce y los márgenes locales se comprimen. En este contexto, el desempeño del sistema de gas natural adquiere relevancia, debido a que su producción y entrega han mostrado variaciones importantes durante eventos severos. Aunque se han observado mejoras recientes, la presión sobre las redes de suministro persiste cuando coincide un incremento del consumo residencial con una mayor necesidad de generación eléctrica. Para reducir tensiones, diversas áreas han reforzado contratos firmes, ampliado inventarios o ajustado estrategias para afrontar feriados y fines de semana, momentos en los que las compras y programaciones tienden a ser más rígidas.
Al mismo tiempo, el análisis de las reservas indica comportamientos heterogéneos entre regiones. Algunas mantienen márgenes amplios, incluso superando holgadamente sus niveles de referencia, mientras otras se sitúan más cerca de sus umbrales. Entre los casos más sensibles destacan zonas donde el crecimiento de la demanda supera el ritmo de incorporación de recursos confiables o donde la mayor presencia de renovables exige una planificación más estricta para cubrir las franjas en las que su aporte disminuye. Con el aumento de instalaciones solares y eólicas, la gestión de baterías se convierte en un elemento decisivo, especialmente porque deben conservar suficiente energía durante periodos prolongados de requerimientos elevados. Igualmente, los centros de datos están modificando la curva de carga, dado que su funcionamiento constante prolonga las horas de estrés operativo. Esto obliga a adelantar decisiones, fortalecer pronósticos y afinar la coordinación entre operadores. Por otro lado, diversos organismos recomiendan revisar protocolos, actualizar planes de invierno, realizar verificaciones frecuentes y asegurar la comunicación con entidades de gas, con el objetivo de reaccionar con rapidez ante desbalances.
Al integrar todos estos elementos, la temporada invernal aparece como un periodo que demanda vigilancia constante. Aunque las previsiones apuntan a una situación manejable bajo condiciones habituales, persiste la posibilidad de que episodios abruptos generen momentos de estrechez. Por ello, se impulsan medidas operativas, encuestas de combustibles, reconfiguración de mantenimientos y mayor énfasis en la preparación frente a eventos de baja probabilidad pero alto impacto. De esta manera, cada región puede anticipar ajustes que contribuyan a sostener la confiabilidad y evitar que interrupciones puntuales escalen a situaciones más complejas.
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