El hidrógeno de bajas emisiones se ha convertido en un vector energético con gran potencial para transformar sectores industriales intensivos en carbono en América Latina y el Caribe. La región dispone de condiciones estructurales que favorecen este desarrollo: una matriz eléctrica con alta participación de energías renovables, abundantes recursos solares y eólicos, reservas de hidrocarburos y una infraestructura industrial consolidada. Además, la presencia de empresas públicas y polos petroquímicos ha permitido acumular capacidades que pueden ser aprovechadas en la transición hacia una economía más limpia. Sin embargo, la producción de hidrógeno verde y azul enfrenta todavía costos elevados y depende de la construcción de nuevas infraestructuras, lo que obliga a pensar en estrategias diferenciadas que integren tanto la demanda interna como las oportunidades de exportación.
A partir de estas ventajas, varios países de la región han diseñado estrategias nacionales de hidrógeno, en su mayoría entre 2020 y 2025, con una marcada orientación exportadora. Chile, por ejemplo, se propuso alcanzar costos de producción muy bajos y expandir masivamente su capacidad renovable para convertirse en líder mundial. No obstante, el contexto internacional ha cambiado: la incertidumbre sobre subsidios y regulaciones en países industrializados, junto con las dificultades logísticas y tecnológicas, han moderado el entusiasmo inicial. Este giro abre la posibilidad de repensar el desarrollo del sector en función de las necesidades locales, como la descarbonización de la minería en Chile y Perú, la producción de fertilizantes en Brasil y Argentina, o la modernización de refinerías en México y Colombia. De este modo, las trayectorias nacionales pueden orientarse hacia la integración del hidrógeno en los tejidos productivos existentes, sin perder de vista las oportunidades de exportación.
Además, el análisis de las condiciones estructurales permite clasificar a los países en grupos con perfiles similares, lo que evidencia que no existe un único camino para la industria del hidrógeno en la región. Mientras algunos pueden apostar por la exportación a gran escala, otros tienen más posibilidades de vincular el hidrógeno a sectores industriales internos. En este sentido, la cooperación regional se vuelve indispensable para aprovechar complementariedades y construir cadenas de valor más resilientes. Asimismo, las políticas públicas deben diseñarse a medida, considerando recursos naturales, capacidades estatales y demandas productivas, evitando enfoques uniformes que ignoren las diferencias estructurales. La experiencia internacional ofrece aprendizajes, pero las recomendaciones deben adaptarse a las realidades específicas de cada país.
El hidrógeno de bajas emisiones en América Latina y el Caribe no debe concebirse únicamente como un producto de exportación, sino como un motor de transformación productiva que articule sostenibilidad, innovación y empleo. La región tiene la oportunidad de diversificar sus trayectorias, fortalecer capacidades estatales y fomentar la cooperación regional, lo que permitiría construir una industria inclusiva y sostenible. Conectando las ventajas estructurales con políticas de desarrollo productivo verde, se abre un horizonte en el que el hidrógeno puede contribuir tanto a la descarbonización interna como a la inserción internacional, siempre bajo un enfoque pragmático y adaptado a las condiciones de cada país.
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