La transición energética hacia un sistema más descentralizado, digitalizado y sostenible ha impulsado el desarrollo de recursos energéticos distribuidos (DER) que van desde paneles solares y baterías hasta vehículos eléctricos e instalaciones de respuesta a la demanda. Esta evolución ha desafiado los modelos tradicionales de operación de redes eléctricas, exigiendo una integración coordinada y eficiente de estos recursos a través de marcos regulatorios y técnicos adecuados. La integración efectiva de DER no solo requiere innovación tecnológica, sino también un rediseño institucional que abarque la planificación, operación, regulación y mercado energético.
Los marcos actuales deben evolucionar para reconocer a los DER como activos que aportan servicios valiosos al sistema eléctrico. Esto implica permitir su participación en los mercados mayoristas y minoristas, así como facilitar su coordinación con operadores de redes de transmisión y distribución. Para lograrlo, se hace necesario establecer normas técnicas, protocolos de comunicación y estructuras de gobernanza que garanticen la interoperabilidad y la seguridad del sistema. Uno de los retos más relevantes radica en asegurar que la planificación de redes considere los aportes de los DER desde sus etapas iniciales. La planificación integrada entre niveles de red permite aprovechar las capacidades locales de estos recursos para aliviar congestiones, diferir inversiones en infraestructura y mejorar la resiliencia del sistema. Este enfoque integrado debe ser complementado con mecanismos de incentivos económicos que reflejen el valor de los servicios prestados por los DER, incluyendo servicios de flexibilidad, almacenamiento y gestión de la demanda.
Además, resulta indispensable reformular el papel de los operadores de redes de distribución (DNO) hacia un rol más proactivo como operadores de sistemas de distribución (DSO), capaces de gestionar activamente la integración de DER y facilitar su interacción con el sistema eléctrico en su conjunto. Esta transformación institucional implica también el desarrollo de capacidades técnicas, herramientas de monitoreo y control, y una colaboración estrecha con los operadores de transmisión (TSO). La coordinación entre TSO y DSO es esencial para evitar conflictos operativos y maximizar el valor sistémico de los DER. Esta colaboración puede apoyarse en plataformas digitales que permitan el intercambio en tiempo real de información sobre disponibilidad de recursos, condiciones de red y precios. Así, se habilita una gestión más dinámica y eficiente del sistema eléctrico, con una participación activa de los recursos distribuidos en los distintos niveles del mercado.
Igualmente, es relevante que los marcos de gobernanza evolucionen para incluir la perspectiva de los consumidores, quienes a través de tecnologías DER se convierten en agentes activos en la provisión de servicios energéticos. La protección del consumidor, la transparencia en los mercados y la creación de condiciones para una participación equitativa son componentes esenciales para consolidar un ecosistema energético más inclusivo y eficiente. Por tanto, el proceso de integración de DER debe concebirse como una transformación sistémica que combina aspectos técnicos, económicos y regulatorios, con una visión articulada entre los actores del sistema energético. El éxito de esta integración dependerá de la capacidad para adaptar estructuras institucionales, fomentar la innovación, y establecer un marco operativo que permita a los DER desempeñar un rol significativo y coordinado en la transición energética.
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