La energía solar fotovoltaica es hoy la fuente de generación eléctrica de más rápido crecimiento en el mundo, con más de 500 gigavatios instalados solo en 2024. En el Caribe esta tendencia es especialmente pronunciada: El 90% de las empresas eléctricas de la región generan o despachan energía solar como parte de su mix de generación, y varias islas operan con más del 90% de energía solar, respaldada por baterías de ion de litio. Sin embargo, esta expansión acelerada coexiste con una amenaza geográfica permanente: los huracanes. La temporada de 2017, con Irma, Harvey y María, expuso de manera brutal tanto las vulnerabilidades como las posibilidades del sector, algunos sistemas en las Islas Vírgenes Británicas, Turks y Caicos y Puerto Rico sobrevivieron con vientos sostenidos de más de 290 kilómetros por hora, mientras que otros en las mismas zonas colapsaron por completo. Lo que distinguió a los sistemas supervivientes de los que fallaron no fue el azar ni la intensidad del viento, sino decisiones específicas de diseño, ingeniería e instalación tomadas mucho antes de que llegara la tormenta.
Partiendo de ese punto de inflexión histórico, y enriquecido por la investigación de campo de tres instalaciones de paneles en tierra impactadas por el huracán Beryl en julio de 2024, el huracán categoría 5 más temprano registrado en el Atlántico Norte, el informe Solar Under Storm III actualiza y profundiza un conjunto de prácticas recomendadas para hacer más resilientes los sistemas fotovoltaicos de montaje en tierra. Las inspecciones en Carriacou, Union Island y Mayreau, todas en las Granadinas, revelaron un contraste revelador: La instalación de Mayreau había sido construida siguiendo los estándares previos de Solar Under Storm, con postes de doble fundación, pernos pasantes con hardware resistente a la vibración y bajo ángulo de inclinación. Su subestructura resistió completamente el embate del huracán, cada poste, corriente y conexión se mantuvo en su lugar. No obstante, aproximadamente el 70% de los módulos fallaron en los orificios del marco por fatiga de baja frecuencia cíclica, un modo de falla que no había sido documentado en ediciones anteriores. Este hallazgo ilustra con precisión la lógica del informe: fortalecer los eslabones débiles identificados en tormentas anteriores inevitablemente revela el siguiente eslabón más frágil de la cadena. Las instalaciones en Carriacou y Union Island, por su parte, mostraron los patrones ya conocidos de falla (clips de sujeción compartidos, tornillos autoperforantes, rieles de aluminio tipo T, falta de soporte lateral), modos que en Carriacou fueron responsables de más del 50% del daño al sistema.
De estos hallazgos se desprenden recomendaciones técnicas organizadas en dos categorías: especificaciones y colaboración. En cuanto a las especificaciones, se exige el uso de módulos de alta carga (4.000 Pa de resistencia a la elevación), ingeniería estructural conforme a la norma ASCE 7 con cálculos sellados por ingeniero y ajustados a las condiciones específicas del sitio, incluyendo el factor topográfico Kzt que amplifica las presiones del viento en terrenos con pendiente o crestas, un aspecto frecuentemente omitido en los cálculos estándar. Tanto en Union como en Carriacou, la topografía circundante sugería valores de Kzt superiores a 1, lo que habría incrementado significativamente las cargas de diseño reales. Adicionalmente, se recomienda el uso de pernos pasantes con tuercas de seguridad tipo Nyloc en lugar de clips superiores compartidos, la sustitución total de tornillos autoperforantes, y la incorporación de placas de respaldo especializadas (como el StormPlate™) que distribuyen la carga de manera uniforme sobre el marco del módulo, incrementando la resistencia a la fatiga cíclica hasta 450 veces respecto a las arandelas redondas convencionales. También se desaconsejan los seguidores solares en zonas con vientos de categoría 3 o superior, y se recomienda hardware diseñado para 25 años de exposición a la corrosión marina. En la dimensión colaborativa, el llamado es a que fabricantes de módulos y estructuras realicen pruebas estáticas y dinámicas representativas de vientos de 290 kilómetros por hora, superiores al estándar actual de categoría 5, y que el sector construya una comunidad internacional de aprendizaje compartido entre instaladores, ingenieros, reguladores y propietarios de sistemas expuestos a vientos extremos.
Subyacente a todas estas recomendaciones hay una premisa que atraviesa el análisis de cabo a rabo: La resiliencia energética de las islas no puede separarse de la resiliencia física de las instalaciones solares. A medida que las comunidades insulares se vuelven más dependientes del sol para su electricidad cotidiana, proteger esas infraestructuras frente a los mismos fenómenos climáticos que justifican la transición energética deja de ser una opción técnica y se convierte en una condición estructural de la soberanía energética. Construir bien desde el principio, con ingeniería rigurosa, materiales adecuados y supervisión de calidad en obra, es lo que determina si los paneles solares siguen generando energía al día siguiente del huracán o se convierten en escombros voladores que amplifican el daño.
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