La economía global se aproxima a una encrucijada demográfica de alcances históricos donde aproximadamente mil doscientos millones de jóvenes en los mercados emergentes alcanzarán la edad laboral durante la década que culmina en 2035. Esta oleada representa el grupo generacional más numeroso que la humanidad haya registrado, presentándose en un contexto donde el crecimiento económico potencial se sitúa en sus niveles más bajos de las últimas décadas. Puesto que el empleo productivo constituye el eje central del desarrollo al proporcionar ingresos, sentido de propósito y dignidad, la incapacidad de absorber esta vasta oferta de mano de obra podría fracturar la estabilidad social y la cohesión política en múltiples naciones. Pese a que las proyecciones de contratación son sensibles a diversas variables macroeconómicas, los análisis sugieren que cientos de millones de estos individuos corren el riesgo de quedar excluidos de los sistemas de educación, capacitación o trabajo formal si no se produce un cambio de rumbo drástico en las políticas de inversión actuales.
Sumado a lo anterior, la presión por la creación de puestos de trabajo se concentra de forma alarmante en África Subsahariana, el sur de Asia y la región de Oriente Medio y el Norte de África, zonas donde la brecha entre la expansión de la población activa y la generación de vacantes se ha profundizado significativamente. En particular, los países africanos enfrentan este panorama bajo condiciones de partida mucho más precarias que sus antecesores demográficos, lidiando con niveles de deuda pública insostenibles, ingresos por habitante reducidos y una infraestructura física que no ha logrado seguir el ritmo del crecimiento poblacional. A diferencia de las experiencias transformadoras de Asia Oriental a finales del siglo veinte, el entorno internacional actual ofrece menor apoyo debido a la ralentización de la productividad total de los factores y a una fragilidad institucional que limita la capacidad de los Estados para implementar reformas profundas. De igual forma, el predominio de la informalidad en estos mercados laborales actúa como un obstáculo para la acumulación de capital humano y la recaudación fiscal, perpetuando ciclos de baja productividad que dificultan la transición hacia actividades económicas de mayor valor añadido.
De igual modo, la respuesta institucional para mitigar estos riesgos debe estructurarse sobre tres pilares medulares que integren la infraestructura básica, un entorno operativo favorable para la iniciativa privada y la movilización de capital externo. La inversión en capital físico, humano y digital permite conectar a los ciudadanos con oportunidades de mercado modernas, reduciendo las barreras geográficas que separan a los buscadores de empleo de las empresas en crecimiento. No obstante, la reducida capacidad presupuestaria de la mayoría de los países en desarrollo obliga a diseñar marcos regulatorios transparentes y predecibles que incentiven la participación de inversores internacionales en la provisión de bienes públicos. Por tal motivo, el fortalecimiento de la independencia judicial y la simplificación de los trámites para la apertura de negocios resultan determinantes para fomentar el dinamismo de las pequeñas y medianas empresas, que históricamente han demostrado ser los motores de la contratación masiva y la innovación tecnológica local.
Bajo este marco, la irrupción de la inteligencia artificial y la transición hacia energías limpias introducen nuevas oportunidades, aunque también exigen que la fuerza laboral desarrolle habilidades técnicas que el sistema educativo tradicional a menudo no suministra con rapidez. Sectores como los agronegocios, la salud, el turismo y la manufactura ligera poseen un potencial excepcional para generar empleos resilientes que aprovechen las ventajas competitivas de las economías emergentes. Mientras que la manufactura de valor añadido permite absorber mano de obra que transita desde la agricultura de subsistencia, la modernización del campo mediante herramientas digitales podría revitalizar la producción de alimentos y asegurar el bienestar en las zonas rurales. Por consiguiente, la articulación de una estrategia que combine estabilidad macroeconómica con programas de capacitación focalizados en estas áreas prioritarias permitirá que esta generación récord de jóvenes no sea vista como una carga, sino como el motor que impulse un nuevo ciclo de prosperidad global sostenible.
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