El cambio en la dieta británica ya es visible en los datos de largo plazo. En el Reino Unido, 58% de las personas afirma haber hecho algún esfuerzo por reducir su consumo de carne, y la información nacional auto reportada indica que el país come 8% menos carne que hace 20 años, pese al aumento de la población. Esta reducción se alinea con recomendaciones sanitarias y climáticas. El NHS aconseja una disminución de 33% en carne roja y procesada para el consumidor promedio, mientras el Climate Change Committee propone una reducción de 18% en carne roja hacia 2030 y de 40% hacia 2050. Aun así, la evolución no es uniforme entre especies. La población británica está consumiendo menos res y cerdo, el consumo de cordero cae con mucha más rapidez que su producción y el pollo sigue siendo la única carne cuya ingesta continúa creciendo.
La relación entre consumo y producción no ha sido lineal. Aunque la demanda interna ha bajado en varios segmentos, la producción no necesariamente acompañó esa caída. Las oportunidades de exportación permitieron que la oferta creciera o se mantuviera en varios casos, incluso con una menor demanda doméstica. Entre 2003 y 2023 aumentaron las exportaciones de res, cerdo, cordero y pollo. Esto lleva a una conclusión importante para la política agroalimentaria: reducir el consumo sin ajustar producción puede trasladar el problema hacia otros mercados sin resolver impactos estructurales. También obliga a diferenciar entre tipos de explotación ganadera. La viabilidad económica de ampliar producción bovina u ovina es débil para muchas explotaciones, mientras en porcinos y aves la situación es distinta. En un mismo sentido, las explotaciones de pastoreo dedicadas a res y cordero muestran una rentabilidad baja o negativa cuando se observa únicamente la producción ganadera. En promedio, estas actividades son deficitarias. Su sostenimiento económico ha dependido del Basic Payment Scheme, de esquemas agroambientales y de ingresos de diversificación, como turismo o generación de energía. Como ese esquema de apoyo finalizará en 2027, la rentabilidad futura de muchas granjas dependerá más de su capacidad para generar ingresos por bienes públicos y cambios de uso del suelo que de vender más carne. Se plantea incluso que una reducción del número de animales puede liberar espacio y tiempo para actividades más rentables. En explotaciones de montaña, los ingresos podrían aumentar 50% si se remunerara el almacenamiento de carbono mediante plantación forestal en dos tercios de la tierra, manteniendo pastoreo en el tercio restante. La dirección propuesta es expandir los programas Higher Tier y Landscape Recovery, especialmente en zonas donde la producción de alimentos es menos rentable.
La situación de pollo y cerdo es distinta. La producción suele concentrarse en unidades especializadas y tiende a ser rentable, además de mostrar una tendencia creciente. En 2024-25, la ganancia promedio procedente de la producción alimentaria fue de 160.700 libras por granja avícola y 85.700 libras por granja porcina. Aunque estas carnes tienen menores emisiones y menor huella territorial que res y cordero, su impacto sigue siendo mucho mayor que el de las proteínas vegetales. Además, el mayor consumo de productos procesados de cerdo y pollo mantiene presiones sanitarias y ambientales. Por eso, la propuesta distingue con claridad el tratamiento regulatorio. Para bovino y ovino, la transición pasa por reorientar ingresos y fortalecer pagos por servicios ecosistémicos. Para porcino y avícola, se considera necesaria regulación específica para contener impactos y evitar que cualquier límite sobre producción local termine desplazando emisiones y daños ambientales hacia importaciones. También se plantea una estrategia alimentaria que facilite dietas más saludables y sostenibles, junto con un plan de crecimiento hortícola que aumente la producción y el consumo de frutas y verduras en el Reino Unido.
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