Informing the deployment of carbon capture, utilization, and storage

La captura, utilización y almacenamiento de carbono (CCUS) se presenta como una herramienta decisiva para enfrentar las emisiones de sectores industriales difíciles de descarbonizar, como el cemento, el acero y la refinación química. Su relevancia radica en que permite reducir emisiones en procesos donde la electrificación o el uso de hidrógeno aún no son viables a gran escala. Sin embargo, su despliegue está rodeado de percepciones erróneas que han limitado la confianza de empresas y gobiernos. Por ello, resulta necesario aclarar que la tecnología cuenta con décadas de experiencia, proyectos operativos en distintas regiones y marcos regulatorios que garantizan seguridad y durabilidad. El progreso global muestra una capacidad operativa de más de 50 millones de toneladas de CO₂ capturadas al año, con planes de expansión que podrían superar los 300 millones de toneladas hacia 2030. América concentra gran parte de los proyectos vinculados al procesamiento de hidrocarburos, mientras que Europa avanza con iniciativas orientadas a la reducción de emisiones en generación eléctrica e industria. Este crecimiento evidencia que la tecnología no es experimental, sino una solución en expansión que se adapta a distintos contextos energéticos.

La infraestructura de CCUS se organiza en una cadena de valor que incluye captura, transporte y almacenamiento. En la captura, tecnologías como solventes avanzados, adsorbentes sólidos y sistemas criogénicos ofrecen distintas eficiencias y consumos energéticos, lo que permite seleccionar la opción más adecuada según el tipo de emisión. En el transporte, los gasoductos representan una solución de gran capacidad y bajo costo operativo, mientras que las alternativas no basadas en tuberías —como barcos, trenes o camiones— permiten flexibilidad y comercio transfronterizo. En cuanto al almacenamiento, los acuíferos salinos y los campos agotados de petróleo y gas ofrecen espacios seguros y duraderos, complementados por innovaciones como la mineralización acelerada en formaciones basálticas. La utilización del CO₂ abre posibilidades de generar productos como combustibles sintéticos, materiales de construcción o fertilizantes. No obstante, la mayoría de estas aplicaciones solo retienen carbono de manera temporal, liberándolo nuevamente al ambiente tras su uso. Por ello, la verdadera contribución climática proviene del almacenamiento geológico permanente, que asegura la reducción de emisiones a largo plazo. La combinación de usos y almacenamiento puede ser útil, pero la prioridad debe estar en garantizar que el carbono capturado no regrese a la atmósfera.

El despliegue enfrenta retos financieros y regulatorios. Los costos de inversión son elevados y requieren modelos innovadores que permitan compartir riesgos entre distintos actores. Asimismo, la existencia de marcos normativos claros y sistemas de monitoreo fortalece la confianza pública y empresarial. La experiencia de países como Noruega y Canadá demuestra que, con políticas adecuadas, es posible consolidar proyectos a gran escala y generar aprendizajes replicables en otras regiones. De este modo, CCUS se configura como una pieza estratégica para avanzar hacia la neutralidad de carbono. Su maduración tecnológica, la expansión de proyectos y la consolidación de marcos regulatorios muestran que puede ser implementada de manera segura y efectiva. Lo que se necesita ahora es acelerar su adopción mediante cooperación internacional, innovación financiera y una visión compartida que permita transformar sectores industriales intensivos en emisiones hacia un futuro más sostenible.

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