Autor: DIFUSIÓN COLOMBIA INTELIGENTE

  • The Strategic Role of Telecom Providers Across the AI Value Chain

    The Strategic Role of Telecom Providers Across the AI Value Chain

    Las empresas de telecomunicaciones han sido históricamente la infraestructura sobre la cual se construye la economía digital. A través de redes de conectividad, centros de datos y servicios de comunicación, han habilitado plataformas, aplicaciones y modelos de negocio que transformaron industrias completas. Sin embargo, pese a su papel habilitador, solo han capturado una fracción limitada del valor generado en el ecosistema digital. Actualmente, la irrupción de la inteligencia artificial y la intensificación de tensiones geopolíticas están redefiniendo la distribución de valor, así como la localización estratégica de datos, capacidad de cómputo y confianza digital. En este nuevo entorno, la inteligencia artificial no se limita a una capa adicional de software, sino que reconfigura la arquitectura completa de la cadena de valor tecnológica. Los flujos de datos adquieren mayor relevancia, la infraestructura de cómputo se convierte en activo estratégico y la soberanía digital emerge como prioridad nacional en múltiples jurisdicciones. Como consecuencia, las telecomunicaciones enfrentan una decisión estructural: permanecer como proveedores de conectividad con márgenes presionados o evolucionar hacia modelos con mayor integración en la cadena de valor de la IA.

    Tres trayectorias estratégicas delinean posibles rutas de posicionamiento. La primera plantea la modernización del operador tradicional mediante la incorporación intensiva de inteligencia artificial en operaciones internas. Esto implica automatización de redes, optimización de mantenimiento, mejora de experiencia del cliente y eficiencia comercial. Al reforzar la base de conectividad con capacidades analíticas avanzadas, se fortalecen economías operativas y se incrementa la calidad del servicio. De este modo, la IA actúa como multiplicador de productividad dentro del negocio central. La segunda trayectoria propone la transición hacia una “AI techco”, es decir, una empresa que amplía su alcance más allá de la conectividad para ofrecer servicios de cómputo, plataformas de datos y soluciones de inteligencia artificial. En este escenario, las telecomunicaciones aprovechan activos existentes (infraestructura distribuida, proximidad al usuario final y gestión de datos) para desarrollar nuevas líneas de negocio. Sin embargo, esta evolución requiere inversiones significativas, alianzas estratégicas y capacidades técnicas diferenciadas, además de una clara evaluación de viabilidad económica y posicionamiento competitivo frente a actores tecnológicos consolidados. La tercera trayectoria corresponde al campeón soberano nacional. Bajo esta configuración, los operadores colaboran estrechamente con gobiernos para desarrollar infraestructuras estratégicas de IA y datos dentro de marcos de soberanía tecnológica. En contextos donde las agendas nacionales priorizan control sobre flujos de información y resiliencia digital, las telecomunicaciones pueden desempeñar un rol articulador en la construcción de “stacks” nacionales de inteligencia artificial. Este enfoque combina intereses comerciales con objetivos de política pública, particularmente en materia de seguridad, confianza y autonomía tecnológica.

    Cada trayectoria demanda habilitadores específicos. Entre ellos se encuentran talento especializado, acceso a capital, marcos regulatorios favorables y capacidades de gestión de datos. Asimismo, la construcción de confianza digital adquiere relevancia creciente, especialmente en entornos donde la inteligencia artificial procesa información sensible y soporta servicios críticos. Sin una arquitectura robusta de ciberseguridad y gobernanza de datos, las aspiraciones estratégicas se ven limitadas. El análisis de valor y factibilidad sugiere que la mayor generación de beneficios durante la próxima década se concentrará en operadores que logren modernizar su negocio principal con IA mientras desarrollan selectivamente capacidades tecnológicas avanzadas. Esta combinación permite capturar eficiencias internas y, simultáneamente, explorar nuevas fuentes de ingresos sin asumir riesgos desproporcionados. A su vez, en mercados con agendas soberanas sólidas, la colaboración público-privada amplía el espacio de acción para operadores con visión estratégica.

    La inteligencia artificial no solo transforma productos y servicios, sino que redefine la relevancia estratégica de las telecomunicaciones en la economía digital. El posicionamiento futuro dependerá de decisiones estructurales sobre integración vertical, alianzas y alineación con prioridades nacionales. La ventana de oportunidad permanece abierta, aunque condicionada por capacidad de ejecución y claridad estratégica.

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    https://www.weforum.org/publications/the-strategic-role-of-telecom-providers-across-the-ai-value-chain/

    https://reports.weforum.org/docs/WEF_The_Strategic_Role_of_Telecom_Providers_Across_the_AI_Value_Chain_2026.pdf

  • The OECD Going Digital Integrated Policy Framework 2026

    The OECD Going Digital Integrated Policy Framework 2026

    La transformación digital se ha convertido en un proceso estructural que redefine simultáneamente la producción, el empleo, la innovación, la gobernanza y las relaciones sociales. Su alcance transversal genera interdependencias entre objetivos de política pública que, en múltiples ocasiones, resultan difíciles de armonizar. El despliegue de infraestructura digital puede ampliar la conectividad, aunque también plantea tensiones en materia de competencia y concentración de mercado; la explotación intensiva de datos impulsa la innovación, pero exige salvaguardas sólidas para proteger derechos y fortalecer la confianza. En este escenario, la formulación de políticas fragmentadas tiende a producir resultados parciales, lo que refuerza la necesidad de marcos integrados.

    El enfoque propuesto se estructura en siete dimensiones interrelacionadas que permiten abordar la digitalización desde una perspectiva sistémica. El acceso a infraestructuras, servicios y datos constituye la base material del ecosistema digital. Sin conectividad de alta calidad y asequible, las oportunidades de participación económica y social permanecen limitadas. Sin embargo, el acceso por sí solo no garantiza beneficios amplios; por ello, la utilización efectiva de tecnologías y datos adquiere relevancia estratégica. Empresas, gobiernos y ciudadanos deben contar con capacidades para incorporar herramientas digitales en procesos productivos, prestación de servicios y toma de decisiones. A partir de esa base, la innovación digital y basada en datos impulsa nuevos modelos de negocio, mejora la productividad y facilita la creación de valor en sectores tradicionales y emergentes. No obstante, la aceleración tecnológica transforma el mercado laboral, reconfigurando perfiles ocupacionales y demandando competencias distintas. La dimensión relativa a empleos de calidad enfatiza la necesidad de políticas que acompañen la transición mediante formación continua, adaptación institucional y protección social adecuada. De este modo, la digitalización puede contribuir a generar oportunidades laborales inclusivas en lugar de profundizar desigualdades.

    Del mismo modo, la prosperidad social y la inclusión se posicionan como objetivos que atraviesan el conjunto del marco. La brecha digital no se limita a la conectividad; también se manifiesta en habilidades, uso significativo y acceso a servicios digitales esenciales. En consecuencia, las políticas deben considerar factores socioeconómicos, territoriales y demográficos para evitar exclusiones persistentes. Además, la digitalización del sector público abre posibilidades de mayor eficiencia y transparencia, siempre que se integren principios de diseño centrados en el usuario y mecanismos de evaluación continua. La confianza constituye otro eje determinante. La economía digital depende de la protección de datos personales, la ciberseguridad, la integridad de la información y el respeto al estado de derecho. Sin un entorno confiable, la adopción tecnológica se ralentiza y la cooperación internacional se debilita. A la vez, la apertura de mercados digitales fomenta competencia, dinamismo empresarial y circulación transfronteriza de bienes y servicios digitales. Sin embargo, esta apertura requiere marcos regulatorios coherentes que equilibren innovación con salvaguardas adecuadas.

    El marco reconoce, además, cuestiones transversales que atraviesan varias dimensiones. Las habilidades digitales sostienen la capacidad de aprovechar tecnologías emergentes; las pequeñas y medianas empresas necesitan apoyo específico para integrarse en cadenas de valor digitales; la gobernanza de datos demanda coherencia normativa y estándares interoperables. Estos elementos no operan de forma aislada, sino que interactúan con cada dimensión sectorial, lo que refuerza la lógica de coordinación interinstitucional. La implementación efectiva exige un enfoque de economía y sociedad completas. Esto implica coherencia entre ministerios, diálogo con actores privados y participación de la sociedad civil. Asimismo, la evaluación basada en evidencia permite ajustar políticas frente a cambios tecnológicos acelerados. La transformación digital no constituye un fin en sí mismo, sino un medio para promover crecimiento sostenible, bienestar social y resiliencia institucional. En consecuencia, la articulación equilibrada de sus múltiples dimensiones determina la capacidad de construir un futuro digital inclusivo y competitivo.

    Para leer más ingrese a:

    https://www.oecd.org/en/publications/the-oecd-going-digital-integrated-policy-framework-2026_0254ae07-en.html

    https://www.oecd.org/content/dam/oecd/en/publications/reports/2026/03/the-oecd-going-digital-integrated-policy-framework-2026_f24b6963/0254ae07-en.pdf

  • Guide to developing a National Cybersecurity Strategy

    Guide to developing a National Cybersecurity Strategy

    La transformación digital ha generado numerosas oportunidades para el desarrollo sostenible e inclusivo en las sociedades contemporáneas. Sin embargo, el crecimiento tecnológico también ha incrementado los riesgos y desafíos en materia de ciberseguridad, que requieren una atención estratégica y sistemática. Por ello, resulta necesario contar con una planificación a largo plazo que guíe la asignación de recursos, establezca prioridades y potencie las capacidades nacionales en esta área. Incorporar la ciberseguridad dentro de la visión nacional más amplia contribuye a construir infraestructuras y servicios digitales seguros, resilientes y confiables. De modo paralelo, la experiencia acumulada a nivel global demuestra que alcanzar este objetivo implica realizar ciclos iterativos de implementación, monitoreo y evaluación que permitan adaptarse al contexto dinámico de amenazas y tecnologías emergentes.

    El desarrollo de una estrategia nacional de ciberseguridad debería entenderse como la formulación de una visión acompañada de objetivos, principios y prioridades que orienten a un país en la gestión de la seguridad digital. Dicho enfoque facilita una mirada integral hacia el ecosistema digital nacional, evitando respuestas fragmentadas o reactivas. Además, identifica los actores responsables y define sus roles y obligaciones, junto con los programas y acciones a emprender para reforzar la infraestructura digital. También, permite priorizar y asignar recursos financieros y humanos adecuados, así como definir indicadores para medir el progreso y lograr resultados efectivos dentro de plazos establecidos. Esto enlaza con la necesidad de unir la ciberseguridad con otras agendas relacionadas con el desarrollo digital, incorporándola como un componente estructural en las políticas nacionales.

    Desde una perspectiva metodológica, el proceso de creación o revisión de la estrategia comprende varias fases que requieren atención coordinada, comenzando con la fase de inicio, donde se establece el compromiso político y se define el alcance. Posteriormente, es necesario realizar un análisis exhaustivo del entorno y los riesgos para informar la elaboración del contenido estratégico. Más adelante, la planificación sostenible de fondos y recursos garantiza la factibilidad y continuidad de las iniciativas propuestas. Además, una fase de implementación eficiente requiere estructuras claras de gobernanza y mecanismos de comunicación entre los diversos actores involucrados. Finalmente, la incorporación de sistemas de monitoreo y evaluación durante todo el ciclo permite ajustar las acciones en función de los resultados y la evolución del contexto. Al abordar el contenido de una estrategia nacional, resulta indispensable considerar un grupo de principios transversales que orientan la formulación del documento. Estos incluyen la definición de una visión coherente con las aspiraciones nacionales, la adopción de un enfoque comprensivo que considere las particularidades del país, la promoción de la inclusión para incorporar diversas voces y sectores, y el respeto por los derechos humanos fundamentales. Asimismo, es vital implementar un enfoque basado en la gestión de riesgos y la resiliencia para enfrentar amenazas en constante cambio. También, la claridad en los roles de liderazgo y la asignación adecuada de recursos fortalecen el ambiente de confianza necesario para el éxito. Finalmente, la adaptabilidad tecnológica facilita la actualización continua frente a innovaciones disruptivas que afectan la seguridad digital.

    Entre los aspectos prácticos que una estrategia puede integrar, sobresale la gobernanza, que debe contar con el respaldo del máximo nivel gubernamental, asegurando con ello el compromiso y la asignación de recursos. Designar una autoridad competente con facultades para coordinar, dirigir y supervisar las iniciativas permite una gestión más efectiva, dado que la ciberseguridad implica múltiples sectores y actores. Este cuerpo rector puede estipular leyes, políticas, roles y procedimientos claros, además de instaurar mecanismos de rendición de cuentas mediante indicadores medibles. La protección de infraestructuras críticas y servicios esenciales requiere un marco normativo y regulatorio que fije responsabilidades y estándares para los operadores. También se promueven la prevención y respuesta a incidentes mediante capacidades especializadas, planes de contingencia y ejercicios regulares. El desarrollo de capacidades y la sensibilización pública, con énfasis en programas de educación y formación, contribuyen a fortalecer el entorno. Finalmente, la cooperación internacional aparece como un componente indispensable, reconociendo que la seguridad en el ciberespacio trasciende fronteras y demanda alineación entre políticas nacionales y compromisos internacionales. En este sentido, la participación en foros multilaterales, la colaboración público-privada y el intercambio de información resultan herramientas para construir confianza y resiliencia colectiva.

    Por otra parte, el ciclo de vida que rodea la estrategia debe atender a la continuidad y mejora constante. Esto implica no solo contar con un plan inicial, sino gestionar su ejecución, evaluar resultados y realizar revisiones progresivas que permitan adaptarse a los cambios tecnológicos, políticos y sociales. La incorporación de indicadores SMART facilita medir la efectividad de las acciones y ajustar las prioridades. Asimismo, el enfoque hacia una estrategia dinámica permite enfrentar el entorno complejo y cambiante de la ciberseguridad, evitando la obsolescencia de las medidas adoptadas. Este planteamiento contribuye a que los países puedan construir una postura sólida y sostenible frente a las amenazas digitales que afectan su desarrollo. La formulación de estrategias nacionales de ciberseguridad se presenta como un proceso estratégico, inclusivo y multidimensional que requiere la integración de principios básicos, estructuras de gobernanza eficaces y la colaboración estrecha entre actores nacionales e internacionales. El alineamiento con las políticas de desarrollo económico y social contribuye a que la ciberseguridad no se conciba como un área aislada, sino como un componente que sostiene la confianza y la estabilidad del entorno digital. La utilización de procesos iterativos y la adaptación continua a los riesgos y avances tecnológicos constituyen elementos esenciales para alcanzar sociedades digitales seguras y resilientes que potencien el bienestar, la innovación y la competitividad en el siglo XXI.

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    https://ncsguide.org/

    https://ncsguide.org/wp-content/uploads/2025/12/NCS-Guide-2025.pdf

  • State ownership and sustainability in Indonesia

    State ownership and sustainability in Indonesia

    Indonesia ha avanzado de manera significativa en la reforma legal e institucional de sus empresas estatales, buscando integrar la sostenibilidad en la gobernanza y en los marcos de propiedad pública. Estas transformaciones se apoyan en las directrices de la OCDE sobre gobierno corporativo de empresas estatales, que ofrecen un marco de referencia para fortalecer la transparencia, la responsabilidad y la alineación con objetivos ambientales y sociales. A pesar de los progresos, aún persisten desafíos que limitan la coherencia y la efectividad de las políticas de sostenibilidad en el conjunto del portafolio estatal.

    El papel del Estado como propietario ha sido reforzado con la Ley de Empresas Estatales de 2025, que incorpora la responsabilidad ambiental y social en la estructura de propiedad y gobernanza. Además, se habilita a los ministerios sectoriales para definir metas específicas en sostenibilidad. Sin embargo, estas prioridades no se traducen todavía en una política de propiedad clara y uniforme que abarque a todas las empresas. Las obligaciones son más consistentes en el sector financiero, mientras que en las entidades no financieras y no listadas las expectativas son menos sistemáticas. Esta disparidad dificulta la supervisión informada y activa, lo que genera riesgos de gestión desigual frente a los objetivos de sostenibilidad.

    En cuanto a los directorios y consejos de supervisión, se observa la creación de comités especializados en sostenibilidad en algunas empresas líderes. Estos comités han permitido introducir la temática en la estrategia y en los procesos de control interno. No obstante, la calidad y efectividad de la supervisión varía ampliamente. La dependencia de consultores externos y la falta de competencias específicas en los miembros de los directorios limitan la apropiación de los temas ambientales y sociales. Además, los insumos de auditorías y organismos de control no siempre se convierten en retroalimentación estructurada que impulse ajustes en las metas y prácticas operativas. Por ello, resulta necesario fortalecer la capacitación, clarificar mandatos y formalizar responsabilidades en torno a la sostenibilidad dentro de los órganos de gobierno corporativo.

    La transparencia y la divulgación constituyen otro eje central. Algunas empresas han adoptado prácticas de reporte alineadas parcialmente con estándares internacionales como GRI o ISSB. Sin embargo, la falta de armonización y la calidad desigual de los datos reducen la credibilidad y dificultan la agregación de información a nivel de portafolio. Además, la multiplicidad de instituciones receptoras de reportes genera duplicaciones y diluye la rendición de cuentas. Para superar estas limitaciones, se plantea la necesidad de un marco obligatorio y armonizado de divulgación de sostenibilidad, con indicadores comparables y verificación externa progresiva.

    Respecto a la conducta empresarial responsable y las relaciones con los grupos de interés, se han dado pasos hacia una mayor integración de la responsabilidad social y ambiental. Algunas empresas han desarrollado mecanismos de participación comunitaria y compromisos de sostenibilidad. Sin embargo, la implementación es desigual, especialmente en lo relativo a mecanismos de quejas, acceso a remedios y debida diligencia en derechos humanos. La falta de divulgación sobre cómo se incorpora la retroalimentación de las comunidades en las decisiones corporativas puede erosionar la confianza. Por ello, se recomienda institucionalizar procesos de participación estructurados, fortalecer los sistemas de denuncia y garantizar la independencia en los mecanismos de supervisión.

    Indonesia ha iniciado un proceso de transformación de sus empresas estatales hacia una gobernanza más alineada con la sostenibilidad. Las reformas legales y la creación de estructuras de supervisión son pasos importantes, pero aún se requiere consolidar una política de propiedad coherente, fortalecer las competencias de los directorios, armonizar los sistemas de reporte y garantizar prácticas de responsabilidad empresarial más consistentes. Solo mediante la integración de estos elementos será posible que las empresas estatales contribuyan de manera efectiva a los objetivos nacionales de desarrollo sostenible y a la creación de valor a largo plazo.

    Para leer más ingrese a:

    https://www.wri.org/research/ocean-based-climate-action-2025-ndcs-preliminary-update

    https://files.wri.org/d8/s3fs-public/2025-11/the-state-of-ocean-based-climate-action-in-2025-nationally-determined-contributions-a-preliminary-update.pdf

  • The state of ocean-based climate action in 2025 nationally determined contributions

    The state of ocean-based climate action in 2025 nationally determined contributions

    El año 2025 marca un punto de inflexión en la gobernanza climática internacional, pues coincide con la primera revisión completa del Acuerdo de París y la presentación de nuevas contribuciones determinadas a nivel nacional (NDCs). En este contexto, el océano emerge como un aliado estratégico para la mitigación y la adaptación, aunque todavía no se aprovecha plenamente su potencial. La trayectoria de los compromisos muestra un aumento progresivo en la inclusión de acciones oceánicas: del 62 por ciento en 2015 al 73 por ciento en 2022, y actualmente 61 de 66 NDCs costeros e insulares incorporan al menos una medida relacionada con el océano. Esta tendencia refleja un reconocimiento creciente de la necesidad de integrar soluciones marinas en las estrategias climáticas, aunque persisten vacíos en la ambición y en la concreción de metas cuantificables. Además, el análisis evidencia que las acciones de mitigación vinculadas al océano siguen siendo limitadas, pese a que podrían aportar hasta un 35 por ciento de las reducciones necesarias para mantener el aumento de la temperatura por debajo de 1,5 °C. La eliminación progresiva de la explotación de petróleo y gas en alta mar, la descarbonización del transporte marítimo y la expansión de las energías renovables oceánicas son sectores con gran capacidad de transformación, pero en los NDCs de 2025 apenas representan el 12,1 por ciento de las medidas. En contraste, la conservación costera y marina aparece como el subsector más mencionado, lo que indica una preferencia por acciones de adaptación y protección de ecosistemas frente a compromisos de transición energética más exigentes.

    A lo largo de los ciclos de actualización, algunos países han mostrado avances notables. Vanuatu, por ejemplo, pasó de un único compromiso en 2016 a 22 acciones en 2025, incluyendo la meta de alcanzar un transporte marítimo libre de carbono hacia 2050. Este tipo de evolución demuestra cómo los estados insulares, altamente vulnerables, están liderando la integración de soluciones oceánicas en sus planes nacionales. Sin embargo, para que estas medidas tengan impacto real, resulta indispensable acompañarlas con financiamiento predecible y accesible, especialmente en países en desarrollo y pequeños estados insulares. Otro aspecto relevante es la dimensión de la equidad. Solo el 13 por ciento de las acciones oceánicas incorporan explícitamente consideraciones de justicia social, lo que revela una brecha en la inclusión de comunidades marginadas como pescadores artesanales, mujeres, jóvenes e indígenas. Aunque regiones como Asia, África subsahariana y América Latina y el Caribe muestran mayor atención a estos enfoques, la mayoría de los compromisos aún se expresan de manera normativa, sin traducirse en políticas concretas que garanticen beneficios distribuidos de forma justa.

    La implementación también enfrenta desafíos relacionados con la falta de datos y capacidades técnicas. De hecho, las solicitudes de apoyo al NDC Partnership muestran que muchos países priorizan estudios, análisis y procesos de participación antes que sistemas de monitoreo o estrategias financieras. Esto refleja tanto la necesidad de construir una base de información sólida sobre el papel del océano en la acción climática, como la urgencia de fortalecer la cooperación internacional para movilizar recursos y conocimientos. El panorama de 2025 revela avances en la integración del océano en las NDCs, pero también limitaciones en la ambición de mitigación, la inclusión de la equidad y la preparación para la implementación. El reto hacia 2035 consiste en transformar estos compromisos en acciones verificables, con metas claras y respaldo financiero, de modo que el océano pueda desplegar todo su potencial como motor de resiliencia, desarrollo sostenible y reducción de emisiones.

    Para leer más ingrese a:

    https://www.wri.org/research/ocean-based-climate-action-2025-ndcs-preliminary-update

    https://files.wri.org/d8/s3fs-public/2025-11/the-state-of-ocean-based-climate-action-in-2025-nationally-determined-contributions-a-preliminary-update.pdf

  • Informing the deployment of carbon capture, utilization, and storage

    Informing the deployment of carbon capture, utilization, and storage

    La captura, utilización y almacenamiento de carbono (CCUS) se presenta como una herramienta decisiva para enfrentar las emisiones de sectores industriales difíciles de descarbonizar, como el cemento, el acero y la refinación química. Su relevancia radica en que permite reducir emisiones en procesos donde la electrificación o el uso de hidrógeno aún no son viables a gran escala. Sin embargo, su despliegue está rodeado de percepciones erróneas que han limitado la confianza de empresas y gobiernos. Por ello, resulta necesario aclarar que la tecnología cuenta con décadas de experiencia, proyectos operativos en distintas regiones y marcos regulatorios que garantizan seguridad y durabilidad. El progreso global muestra una capacidad operativa de más de 50 millones de toneladas de CO₂ capturadas al año, con planes de expansión que podrían superar los 300 millones de toneladas hacia 2030. América concentra gran parte de los proyectos vinculados al procesamiento de hidrocarburos, mientras que Europa avanza con iniciativas orientadas a la reducción de emisiones en generación eléctrica e industria. Este crecimiento evidencia que la tecnología no es experimental, sino una solución en expansión que se adapta a distintos contextos energéticos.

    La infraestructura de CCUS se organiza en una cadena de valor que incluye captura, transporte y almacenamiento. En la captura, tecnologías como solventes avanzados, adsorbentes sólidos y sistemas criogénicos ofrecen distintas eficiencias y consumos energéticos, lo que permite seleccionar la opción más adecuada según el tipo de emisión. En el transporte, los gasoductos representan una solución de gran capacidad y bajo costo operativo, mientras que las alternativas no basadas en tuberías —como barcos, trenes o camiones— permiten flexibilidad y comercio transfronterizo. En cuanto al almacenamiento, los acuíferos salinos y los campos agotados de petróleo y gas ofrecen espacios seguros y duraderos, complementados por innovaciones como la mineralización acelerada en formaciones basálticas. La utilización del CO₂ abre posibilidades de generar productos como combustibles sintéticos, materiales de construcción o fertilizantes. No obstante, la mayoría de estas aplicaciones solo retienen carbono de manera temporal, liberándolo nuevamente al ambiente tras su uso. Por ello, la verdadera contribución climática proviene del almacenamiento geológico permanente, que asegura la reducción de emisiones a largo plazo. La combinación de usos y almacenamiento puede ser útil, pero la prioridad debe estar en garantizar que el carbono capturado no regrese a la atmósfera.

    El despliegue enfrenta retos financieros y regulatorios. Los costos de inversión son elevados y requieren modelos innovadores que permitan compartir riesgos entre distintos actores. Asimismo, la existencia de marcos normativos claros y sistemas de monitoreo fortalece la confianza pública y empresarial. La experiencia de países como Noruega y Canadá demuestra que, con políticas adecuadas, es posible consolidar proyectos a gran escala y generar aprendizajes replicables en otras regiones. De este modo, CCUS se configura como una pieza estratégica para avanzar hacia la neutralidad de carbono. Su maduración tecnológica, la expansión de proyectos y la consolidación de marcos regulatorios muestran que puede ser implementada de manera segura y efectiva. Lo que se necesita ahora es acelerar su adopción mediante cooperación internacional, innovación financiera y una visión compartida que permita transformar sectores industriales intensivos en emisiones hacia un futuro más sostenible.

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    Informing the Deployment of Carbon Capture, Utilization, and Storage

  • Due diligence essentials for responsible minerals

    Due diligence essentials for responsible minerals

    El sector de los minerales constituye un pilar estructural de la economía global al suministrar materias primas indispensables para la energía, la movilidad, la construcción, la tecnología y la defensa. Desde la extracción hasta la comercialización, la cadena de valor minera articula múltiples actividades industriales y comerciales que sostienen procesos productivos estratégicos. Al mismo tiempo, la intensificación de la demanda, especialmente asociada a la transición energética y a la digitalización, ha incrementado la presión sobre territorios, ecosistemas y comunidades locales, ampliando la visibilidad de riesgos ambientales, sociales y de gobernanza.

    La expansión de tecnologías bajas en carbono y de infraestructuras digitales requiere minerales considerados críticos, como litio, cobalto, níquel y tierras raras. Esta creciente dependencia genera nuevas dinámicas geopolíticas y económicas, además de reforzar la exposición a impactos asociados con la extracción. La minería puede implicar degradación ambiental, afectaciones a fuentes hídricas, emisiones contaminantes y pérdida de biodiversidad. Asimismo, en ciertos contextos, se relaciona con conflictos sociales, condiciones laborales precarias, riesgos para la salud y tensiones con pueblos indígenas o comunidades locales. Frente a este panorama, la gestión responsable de riesgos se posiciona como un componente central de la actividad empresarial. La debida diligencia basada en riesgos propone un proceso continuo mediante el cual las empresas identifican, previenen, mitigan y rinden cuentas sobre impactos negativos reales o potenciales en derechos humanos, medio ambiente y gobernanza. Este enfoque no se limita a operaciones directas, sino que abarca relaciones comerciales y cadenas de suministro, lo que resulta especialmente relevante en un sector caracterizado por estructuras complejas y fragmentadas.

    La implementación de estándares internacionales en conducta empresarial responsable implica desafíos operativos significativos. Las cadenas de suministro de minerales suelen extenderse a través de múltiples jurisdicciones con marcos regulatorios dispares y capacidades institucionales variables. En consecuencia, la trazabilidad se convierte en un elemento determinante para comprender el origen de los materiales y evaluar riesgos asociados. Además, la informalidad en ciertos segmentos de la minería artesanal y de pequeña escala añade complejidad a los procesos de monitoreo y verificación. No obstante, también emergen oportunidades. La adopción de sistemas de gestión robustos, auditorías independientes y mecanismos de participación de partes interesadas fortalece la transparencia y puede mejorar el acceso a mercados internacionales cada vez más exigentes. De igual modo, la integración de criterios ambientales, sociales y de gobernanza en decisiones de inversión responde a expectativas crecientes de consumidores, reguladores y actores financieros. La alineación con marcos internacionales contribuye a reducir contingencias legales y reputacionales, además de promover prácticas más sostenibles.

    El análisis sectorial permite comprender que la responsabilidad no recae exclusivamente en empresas mineras. Compañías manufactureras, tecnológicas y energéticas que utilizan minerales en sus productos también enfrentan exposición a riesgos vinculados con el origen de insumos. Por lo tanto, la debida diligencia se extiende a actores ubicados aguas abajo en la cadena de valor, quienes deben evaluar proveedores, establecer cláusulas contractuales y desarrollar mecanismos de supervisión adecuados. Este enfoque sistémico reconoce la interdependencia entre actores económicos y la necesidad de coherencia en prácticas corporativas. A su vez, los responsables de política pública desempeñan un papel relevante en la promoción de entornos habilitantes para la debida diligencia efectiva. Marcos regulatorios claros, incentivos a la transparencia y cooperación internacional facilitan la armonización de estándares. La articulación entre sector privado, autoridades y sociedad civil permite abordar riesgos estructurales y fomentar procesos de mejora continua.

    El sector de minerales se encuentra en una encrucijada donde la demanda creciente convive con exigencias más estrictas en sostenibilidad y derechos humanos. La aplicación rigurosa de debida diligencia basada en riesgos ofrece una vía para equilibrar desarrollo económico con responsabilidad social y ambiental, promoviendo cadenas de suministro más resilientes y alineadas con estándares internacionales.

    Para leer más ingrese a:

    https://www.oecd.org/en/publications/responsible-business-conduct-spotlights_03a75bf9-en/due-diligence-essentials-for-responsible-minerals_0e12aaca-en.html

    https://www.oecd.org/content/dam/oecd/en/publications/reports/2025/07/responsible-business-conduct-spotlights_f7f722d0/due-diligence-essentials-for-responsible-minerals_d3c5ff56/0e12aaca-en.pdf

  • Policy Pathways Beyond the Shoreline: Enhancing Resilience and Innovation in Island Economies

    Policy Pathways Beyond the Shoreline: Enhancing Resilience and Innovation in Island Economies

    Las economías insulares europeas se caracterizan por una combinación estructural de discontinuidad territorial, escala reducida y fragmentación espacial que condiciona su desempeño productivo, sus costos públicos y su inserción en mercados más amplios. Aunque albergan más de 20 millones de habitantes en Europa, su peso estadístico suele diluirse en clasificaciones territoriales que no capturan adecuadamente la funcionalidad de archipiélagos, las interdependencias con zonas costeras ni las diferencias entre islas metropolitanas y no metropolitanas. Por ello, se propone una tipología híbrida que integra criterios de Eurostat y del sistema territorial de la OCDE, con el fin de mejorar la comparabilidad y la focalización de políticas.

    En términos socioeconómicos, el periodo 2001-2021 muestra una paradoja persistente: crecimiento demográfico acompañado de bajo dinamismo productivo. Mientras la población insular aumentó 9,3%, el PIB apenas creció 5% y la productividad laboral cayó 6%. En contraste, regiones costeras no metropolitanas y otras regiones europeas registraron avances superiores tanto en PIB como en productividad. En consecuencia, el PIB per cápita insular descendió de aproximadamente USD 28 000 a USD 26 000, ampliando brechas relativas. Este comportamiento se vincula con estructuras sectoriales concentradas en comercio, servicios y administración pública, así como con la reducción del peso de manufactura y agricultura. Además, la estructura empresarial evidencia limitaciones de escala. Cerca del 60% de las firmas corresponden a autoempleo y solo 3,8% superan los diez empleados. Aunque estas últimas concentran una proporción significativa del empleo, su escasa presencia restringe procesos de innovación y diversificación. De forma paralela, el empleo ha crecido principalmente en actividades de menor valor agregado, lo que explica la divergencia entre aumento de puestos de trabajo y estancamiento productivo.

    A estos factores se suma el denominado “costo de la insularidad”. Los estudios de caso en Croacia, Grecia y Suecia muestran sobrecostos sustanciales en transporte, provisión de servicios públicos y vivienda. En ciertas rutas suecas, los costos de viaje pueden triplicar los de municipios continentales comparables. En Croacia, el gasto municipal per cápita en islas supera ampliamente el promedio continental, particularmente en salud y vivienda. Asimismo, en determinados municipios insulares suecos los precios inmobiliarios se sitúan entre 75% y 130% por encima de sus equivalentes continentales. Tales diferenciales combinan factores geográficos —distancia, baja densidad, fragmentación— con variables institucionales vinculadas a eficiencia administrativa y competencia de mercado. Sin embargo, la insularidad no implica únicamente restricción. Las islas constituyen espacios idóneos para ensayar transiciones verdes, azules y digitales. Su escala acotada facilita la implementación integrada de energías renovables, movilidad eléctrica y sistemas circulares de agua y residuos. Iniciativas como la transición energética en Gotland o los proyectos piloto en Astypalea evidencian el potencial de estos territorios como laboratorios regulatorios y tecnológicos. En el ámbito productivo, modelos cooperativos inspirados en Trentino ilustran cómo superar restricciones de escala mediante integración vertical y asociatividad.

    El análisis comparado también revela la relevancia de la gobernanza multinivel. En Croacia, la Ley de Islas y planes específicos han fortalecido la coherencia estratégica; en Grecia, el reconocimiento constitucional de la insularidad ha permitido instrumentos diferenciados; en Suecia, la descentralización y la coordinación regional han facilitado respuestas adaptativas. Aun así, persisten desafíos comunes: fragmentación institucional, capacidad administrativa limitada y escasa visibilidad estadística. La evidencia apunta hacia un cambio de enfoque. Más que esquemas compensatorios permanentes, se requiere una política territorial basada en productividad, diversificación sectorial, inversión en capital humano y sistemas de datos robustos. La integración de criterios de insularidad en marcos fiscales, de cohesión y de evaluación de impacto permitiría transformar vulnerabilidades estructurales en ventajas estratégicas. Bajo este paradigma, las islas dejan de concebirse como periferias dependientes y pasan a posicionarse como nodos de innovación resiliente dentro de la arquitectura regional europea.

    Para leer más ingrese a:

    https://www.oecd.org/en/publications/policy-pathways-beyond-the-shoreline_1aedeacb-en.html

    https://www.oecd.org/content/dam/oecd/en/publications/reports/2026/02/policy-pathways-beyond-the-shoreline_44bf6356/1aedeacb-en.pdf

  • Conceptualising and assessing well-being in the Slovak Republic: Building policy coherence for sustainable development

    Conceptualising and assessing well-being in the Slovak Republic: Building policy coherence for sustainable development

    El fortalecimiento de la coherencia de políticas para el desarrollo sostenible exige superar enfoques sectoriales fragmentados y avanzar hacia marcos institucionales capaces de integrar dimensiones económicas, sociales y ambientales de manera articulada. En este contexto, la conceptualización del bienestar sostenible adquiere relevancia como eje orientador de la acción pública. No se trata únicamente de medir resultados macroeconómicos, sino de evaluar de forma multidimensional las condiciones de vida actuales y las capacidades para sostenerlas en el tiempo. Desde esta perspectiva, la construcción de un sistema de indicadores para un tablero estadístico de bienestar sostenible implica definir con claridad qué dimensiones deben observarse, cómo se relacionan entre sí y de qué manera informan decisiones de política. Por ello, la adopción de marcos conceptuales consolidados permite estructurar mediciones que incluyan ingresos, empleo, salud, educación, calidad ambiental, confianza institucional y cohesión social. A su vez, la incorporación de criterios de sostenibilidad introduce una mirada intergeneracional que examina capital natural, humano, social y económico.

    Además, el análisis multidimensional del bienestar revela disparidades internas que no siempre son visibles en indicadores agregados. Las desigualdades territoriales, de género o socioeconómicas condicionan el acceso a oportunidades y afectan la resiliencia colectiva. En consecuencia, una evaluación rigurosa debe considerar tanto promedios nacionales como distribuciones y brechas. Este enfoque facilita identificar grupos vulnerables y orientar intervenciones más precisas. Sin embargo, la medición enfrenta limitaciones asociadas a disponibilidad, calidad y oportunidad de los datos. La cobertura incompleta en ciertas dimensiones, la falta de series temporales consistentes y la desalineación con estándares internacionales pueden restringir la comparabilidad y la utilidad analítica. Por lo tanto, el fortalecimiento de capacidades estadísticas constituye un componente esencial para consolidar un sistema de seguimiento confiable. La armonización con marcos internacionales amplía la posibilidad de aprendizaje comparado y mejora la consistencia metodológica.

    Igualmente, la integración del bienestar sostenible en la formulación de políticas requiere mecanismos institucionales que promuevan coordinación interministerial y visión transversal. La coherencia no surge automáticamente de la coexistencia de objetivos, sino de procesos deliberados que alineen estrategias sectoriales con metas comunes. Así, la adopción de un enfoque de gobierno completo favorece la integración de los Objetivos de Desarrollo Sostenible en planes nacionales, presupuestos y sistemas de evaluación. A medida que se consolida un tablero de indicadores, su aplicación práctica en ciclos de política pública resulta determinante. La medición debe traducirse en diagnósticos operativos, establecimiento de prioridades y monitoreo de resultados. Además, la transparencia en la difusión de información fortalece la rendición de cuentas y fomenta el debate informado. De esta manera, los datos dejan de ser un ejercicio técnico aislado y se convierten en herramientas para la toma de decisiones estratégicas.

    Asimismo, la construcción de capacidades institucionales incluye procesos de formación y diálogo técnico que permitan a funcionarios y analistas interpretar adecuadamente los indicadores. La apropiación del marco conceptual por parte de actores gubernamentales incrementa la probabilidad de que el bienestar sostenible se integre de forma consistente en la planificación. Esta dimensión formativa refuerza la sostenibilidad del enfoque más allá de coyunturas políticas. En consecuencia, la evaluación del bienestar sostenible no se limita a describir condiciones actuales, sino que articula diagnóstico, medición y gobernanza. La combinación de análisis multidimensional, fortalecimiento estadístico y coordinación interinstitucional configura una arquitectura que busca orientar la acción pública hacia resultados equilibrados y duraderos. Así, el bienestar sostenible se consolida como marco integrador que vincula evidencia empírica con decisiones estratégicas y promueve una implementación más coherente de las metas de desarrollo.

    Para leer más ingrese a:

    https://www.oecd.org/en/publications/conceptualising-and-assessing-well-being-in-the-slovak-republic_9042e810-en.html

    https://www.oecd.org/content/dam/oecd/en/publications/reports/2026/02/conceptualising-and-assessing-well-being-in-the-slovak-republic_32196cfd/9042e810-en.pdf

  • Reimagining Teaching in an Accelerating World

    Reimagining Teaching in an Accelerating World

    La transformación acelerada de los entornos sociales, económicos y tecnológicos está redefiniendo las bases sobre las cuales se estructuran los sistemas educativos. En este escenario, la expansión de la inteligencia artificial y de otras innovaciones digitales introduce interrogantes sobre el sentido, los métodos y la organización de la enseñanza. Por consiguiente, la discusión no se limita a incorporar herramientas tecnológicas en el aula, sino que se orienta a reconsiderar el propósito de la profesión docente y su capacidad para anticipar cambios estructurales. A partir de esta premisa, la reflexión se centra en la necesidad de transitar desde modelos reactivos hacia enfoques estratégicos que configuren activamente el futuro educativo. Si los sistemas escolares se limitan a responder a presiones externas, corren el riesgo de perder coherencia institucional y dirección pedagógica. En cambio, una transformación deliberada implica redefinir competencias docentes, revisar estructuras de gobernanza y fortalecer marcos de desarrollo profesional continuo. De esta manera, la enseñanza se concibe como una práctica dinámica que evoluciona en diálogo con contextos cambiantes.

    Además, la reinvención de la profesión docente requiere repensar condiciones laborales, trayectorias de carrera y mecanismos de reconocimiento. La atracción y retención de talento depende de entornos que ofrezcan autonomía profesional, oportunidades de colaboración y respaldo institucional. Por lo tanto, la confianza emerge como un elemento estructural que sostiene la innovación pedagógica. Cuando los docentes disponen de margen para adaptar metodologías y experimentar con nuevas estrategias, se amplía la capacidad del sistema para responder creativamente a desafíos emergentes. En este marco, la colaboración adquiere una dimensión estratégica. Las comunidades profesionales de aprendizaje, el intercambio sistemático de buenas prácticas y el liderazgo distribuido favorecen procesos de mejora sostenida. Asimismo, la articulación entre responsables políticos, sindicatos y líderes educativos fortalece la legitimidad de las reformas y facilita su implementación. La gobernanza compartida contribuye a equilibrar responsabilidad y autonomía, evitando enfoques verticales que dificulten la apropiación de cambios.

    Por otra parte, la integración de la inteligencia artificial en la educación introduce oportunidades y tensiones simultáneamente. Estas tecnologías pueden apoyar la personalización del aprendizaje, optimizar procesos administrativos y proporcionar retroalimentación más inmediata. Sin embargo, también plantean interrogantes éticos relacionados con privacidad, sesgos algorítmicos y dependencia tecnológica. En consecuencia, el aprovechamiento de la IA exige marcos normativos claros, alfabetización digital avanzada y criterios pedagógicos que orienten su uso responsable. Asimismo, la relación entre docentes y tecnologías emergentes no debe interpretarse como sustitución, sino como complementariedad. La experiencia pedagógica, el juicio profesional y la dimensión socioemocional de la enseñanza mantienen una centralidad que no puede ser automatizada. Por ello, la formación inicial y continua necesita incorporar competencias digitales críticas que permitan evaluar herramientas, interpretar datos y tomar decisiones fundamentadas. Esta actualización formativa amplía la capacidad de integrar innovación sin erosionar principios educativos.

    Al mismo tiempo, la discusión sobre el futuro de la educación se inserta en un espacio de diálogo internacional que busca compartir evidencia comparativa y experiencias diversas. La construcción de consensos informados facilita el aprendizaje mutuo entre países y fortalece la coherencia de las políticas públicas. Además, el análisis comparado permite identificar tendencias comunes y variaciones contextuales, contribuyendo a un debate prospectivo sobre la sostenibilidad de los sistemas educativos. La transformación educativa contemporánea exige una visión estratégica que articule reinvención profesional, fortalecimiento institucional e integración crítica de tecnologías emergentes. La capacidad de anticipar cambios, consolidar confianza y promover colaboración determinará la solidez de los sistemas educativos frente a un entorno en permanente evolución.

    Para leer más ingrese a:

    https://www.oecd.org/en/publications/reimagining-teaching-in-an-accelerating-world_d0edfe8c-en.html

    https://www.oecd.org/content/dam/oecd/en/publications/reports/2026/03/reimagining-teaching-in-an-accelerating-world_c775287e/d0edfe8c-en.pdf

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Descripción del semáforo tecnológico

Los documentos se clasifican en varios colores tipo semáforo tecnológico que indican el nivel de implementación de la tecnología en el país

Tecnología en investigación que no ha sido estudiado o reglamentado por entidades del sector.

La tecnología se aplica de manera focal y se encuentra en estudio por parte de las entidades del sector.

La tecnología se aplica de manera escalable y se encuentran políticas y regulaciones focales establecidas.

La tecnología se aplica a través de servicios  y se encuentran políticas y regulaciones transversales establecidas.

La tecnología se aplica de manera generalizada  y se tiene un despliegue masivo de esta.

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