La expansión de la inteligencia artificial se ha convertido en una de las mayores transformaciones de infraestructura de la historia reciente, y este estudio propone mirarla no solo desde la óptica del avance tecnológico, sino desde los recursos físicos que la sostienen. Lo que comenzó como una ola de implementaciones exploratorias a finales de 2022 se ha convertido en una transformación estructural que atraviesa todos los sectores económicos, y esa aceleración está generando presiones inéditas sobre las redes eléctricas, los sistemas hídricos, las cadenas de suministro de minerales y el uso del suelo. El documento organiza la cadena de valor de la IA en tres capas interdependientes: la infraestructura de cómputo, las fábricas de IA y los centros de datos que constituyen su columna vertebral operativa, y la capa de aplicaciones que finalmente llega a empresas y usuarios. Sobre esa estructura se superpone lo que el análisis llama el nexo energía-agua-minerales-suelo, un concepto que busca capturar cómo estos cuatro elementos condicionan de manera conjunta la viabilidad de largo plazo de la IA.
En el frente energético, el estudio documenta que el gasto de capital de las grandes tecnológicas en infraestructura de IApasaría de 410.000 millones de dólares en 2025 a cerca de 700.000 millones en 2026, mientras que el consumo eléctrico global de los centros de datos podría escalar de 415 teravatios hora en 2024 a alrededor de 945 teravatios hora en 2030, una cifra que superaría el consumo eléctrico combinado de economías como Alemania y Francia. Este crecimiento convierte a la energía en lo que el texto describe como el cuello de botella más visible del sector, aunque no el único. El agua aparece como una limitante frecuentemente subestimada: el consumo hídrico de los centros de datos podría llegar a 450 millones de galones diarios hacia 2030, con el agravante de que buena parte de esas instalaciones ya se ubican en regiones con estrés hídrico existente.
A esa presión se suma la dimensión mineral. El despliegue de chips, baterías y equipos de refrigeración dispara la demanda de cobre, litio, cobalto y elementos de tierras raras, generando riesgos simultáneos en tres frentes: la disponibilidad de suministro, el impacto ambiental de la extracción y la exposición geopolítica ante la concentración de estos recursos en pocos países. El estudio detalla, por ejemplo, que la demanda de litio podría multiplicarse por cinco hacia 2030, mientras que la de cobre podría crecer entre un 30% y un 40% en el largo plazo. El cuarto elemento del nexo, el suelo, entra en la ecuación a través de los grandes campus de IA, que compiten por terrenos, electricidad y agua en las comunidades donde se instalan, con efectos directos sobre los ecosistemas locales y la aceptación social de estos proyectos.
Frente a este panorama, el documento plantea que el futuro de la IA no se definirá solo por avances tecnológicos, sino por la capacidad de gobiernos, empresas, inversionistas y comunidades para coordinar una planificación conjunta de estos cuatro recursos. Entre las líneas de acción propuestas destacan la incorporación de energía limpia y sistemas de refrigeración más eficientes, el impulso a un uso circular de los minerales críticos, la adopción de reportes transparentes sobre el consumo de recursos y el fortalecimiento de la cooperación entre los distintos actores del ecosistema. El mensaje de fondo es que abandonar el enfoque puramente tecnológico para adoptar una mirada sistémica es lo que permitirá que la IA se consolide como un motor de prosperidad de largo plazo, en lugar de convertirse en una fuente creciente de tensión ambiental y social.
Para leer más ingrese a:
https://reports.weforum.org/docs/WEF_Building_Resilient_and_Scalable_AI_Value_Chains_2026.pdf
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